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Voluntarios a lo largo de 40 años de lucha contra el VIH

30 de marzo de 2021

Al principio, lo único que teníamos era el uno al otro. Los voluntarios —que trabajaban en hospitales, como activistas y en organizaciones comunitarias, como San Francisco AIDS Foundation— nos proporcionaron un pilar de apoyo y una ayuda fundamental a todos los que vivíamos (y moríamos) con esta nueva enfermedad. Ahora, 40 años después, los voluntarios de la SFAF y de comunidades de todo el país están dando un paso al frente para hacer frente a una nueva pandemia, incluso mientras el VIH sigue afectando a nuestras comunidades.  

La primera vez que leí sobre esta nueva enfermedad fue hace cuarenta años, en junio de 1981. Para 1985, casi todos los que conocía habían fallecido, estaban muriéndose o cuidaban de alguien que se estaba muriendo. Pasarían diez años antes de que hubiera tratamientos eficaces disponibles. Había poca información, no había recursos y nuestras comunidades estaban abrumadas por el dolor y el miedo. El gobierno federal se mostraba, en el mejor de los casos, indiferente, y las agencias estatales y locales no estaban en absoluto preparadas para la magnitud de los retos. 

La homosexualidad se había despenalizado en California apenas seis años antes de que empezara la pandemia, y las leyes sobre sodomía que quedaban seguirían vigentes hasta que el Tribunal Supremo de EE. UU. dictara su sentencia en el caso caso Lawrence contra Texas en 2003. La percepción inicial del público de que el VIH/sida era una enfermedad que afectaba exclusivamente a los hombres gais fue aprovechada por políticos y comentaristas de derechas como el difunto Rush Limbaugh, que se burlaba de los enfermos de sida y se alegraba de sus muertes. 

Todo lo relacionado con el VIH/sida era político. La nueva pandemia puso de manifiesto, con una claridad brutal, cómo se entrelazaban tantas cuestiones complejas: la sexualidad, el consumo de drogas, el encarcelamiento, la situación de las mujeres, el racismo sistémico, la transfobia, la desigualdad de ingresos y la religión... Todo ello influyó en nuestra respuesta ante una enfermedad que estaba matando a miles de nuestros amigos, vecinos y familiares.

A medida que aumentaba el número de fallecidos, cada vez más gente se dio cuenta de que todos teníamos un papel que desempeñar para defender nuestras comunidades. Primero fueron docenas, luego cientos y después miles los que se unieron a las filas de voluntarios, unidos no solo por el deseo de aliviar el sufrimiento, sino también porque veían nuestra lucha contra el VIH/sida como parte de un movimiento global más amplio en favor de la justicia social. 

La primera generación de voluntarios de « San Francisco AIDS Foundation » se dio cuenta de que teníamos que luchar contra algo más que un virus. 

Los voluntarios atendían las líneas de ayuda, se manifestaban en las calles, presionaban a los políticos, cuidaban a los enfermos y consolaban a los moribundos. Creamos campañas de sensibilización, impulsamos la investigación y exigimos que se incluyera a las personas que vivían con el sida en todos los debates sobre cómo responder mejor a la pandemia. Los voluntarios hicieron mucho más que rellenar sobres y contestar al teléfono. A través de sus propias experiencias vividas, influyeron en la creación de infraestructuras sanitarias y orientaron decisiones políticas cruciales. 

Muchos de esos miles de voluntarios que dieron un paso al frente durante los años más oscuros de la pandemia procedían precisamente de las comunidades con mayor riesgo. Muchos de nuestros voluntarios eran seropositivos y, lamentablemente, demasiados de ellos no sobrevivieron. 

Al echar la vista atrás a las últimas cuatro décadas, me siento frustrado y enfadado por ver cuántas de las lecciones que deberían habrían de haberse aprendido de nuestra experiencia con el VIH/sida se han olvidado o se ignoran ahora que nos enfrentamos a la pandemia actual. 

Una vez más, con la COVID-19, vemos estadísticas vergonzosas que ponen de manifiesto las desigualdades raciales en la atención sanitaria. Una vez más, vemos cómo los políticos y los comentaristas siembran la confusión y buscan chivos expiatorios. Una vez más, vemos la necesidad urgente de contar con personas de confianza que transmitan información precisa y oportuna, sobre todo a las comunidades que históricamente han sufrido abusos o han sido desatendidas por las instituciones públicas. Una vez más, vemos cómo los más marginados sufren mayores tasas de infección, hospitalizaciones y muertes. Por suerte, también vemos que, una vez más, la gente de a pie está dando un paso al frente, ofreciéndose como voluntaria y haciendo lo que hace falta para afrontar los retos que se avecinan. 

Los voluntarios de hoy en día apoyan la misión de la organización cada día. Los voluntarios de la « 6th Street Harm Reduction Center » y de los servicios móviles de acceso a jeringuillas proporcionan material esencial para prevenir la transmisión del VIH y las muertes por sobredosis. Dan voz a cientos de miles de californianos que viven con el VIH, abogando por una mayor financiación y políticas públicas sensatas. Promueven la salud y el bienestar sexual a través de programas clínicos, proporcionando información importante y acabando con el estigma y la vergüenza asociados al sexo. Organizan eventos especiales y recaudan fondos para impulsar la justicia sanitaria. 

Cada voluntario de la SFAF que trabaja hoy rinde homenaje al legado de sus predecesores y sigue construyendo sobre su trabajo. Cada voluntario nos ayuda a conectar con nuestras comunidades y a avanzar todos juntos. Y cada voluntario nos recuerda cada día que nuestro mayor activo somos nosotros mismos.