En marzo de 2021, San Francisco cumplió un año de confinamiento por la COVID-19. Para muchos de los que formamos parte de esta comunidad, no es la primera vez que una enfermedad aterradora trastoca sus vidas y sus comunidades. Queríamos saber qué opinan los supervivientes de larga duración del VIH que hay entre nosotros: ¿cómo han vivido la COVID-19? ¿Y cómo ha cambiado la vida —para bien o para mal— durante este último año?
James Frazier, que vive en el Área de la Bahía desde 1994 y en Novato desde 2005, comentó que un aspecto positivo ha sido la proliferación de grupos sociales y de apoyo en línea que han surgido durante el último año.
«He formado parte de Black Brothers Esteem (BBE), un programa de San Francisco AIDS Foundation, desde hace unos 10 años», dijo. «Pero como vivo en Novato, tardo como una hora y media de ida y otra tanta de vuelta en llegar a la ciudad con el Golden Gate Transit. Así que poder ver a los miembros de BBE en los grupos de Zoom, a los que accedo con mi móvil, me ha resultado muy fácil. Vivo solo, así que para mí es muy importante poder seguir viendo a la gente de forma virtual».
Homer Hobi, miembro de la Red Elizabeth Taylor 50-Plus, se hizo eco de opiniones similares.
«En cierto modo, las reuniones por Zoom son mejores que quedar en persona porque todo el mundo puede estar ahí a la vez. Es más fácil para la gente con problemas de movilidad. Antes de la COVID-19, tenía algunos problemas de salud que me impedían ir a las reuniones presenciales de la Red 50-Plus por la tarde, sobre todo en invierno, cuando hacía demasiado frío y estaba muy oscuro fuera. Así que solo iba fielmente a socializar a las tertulias de café de la red 50-Plus Network los sábados por la mañana. Cuando llegó la pandemia, se canceló todo. Y entonces, cuando empezaron las reuniones por Zoom, fue realmente un salvavidas».
Hobi dijo que el apoyo social de estos grupos ofrece «ventajas enormes» a los supervivientes a largo plazo, sobre todo ahora que se llevan a cabo por internet debido a la COVID-19.
«Ayudan a romper el aislamiento que siente la gente», dijo. «Estamos en un momento en el que nos sentimos muy aislados. Te apetece hacer más amigos, pero es difícil hacer amigos de mi edad o mayores. Suelen fallecer con demasiada frecuencia. Así que el hecho de que se formen estos grupos, en los que también hay gente más joven, es de gran ayuda».
Para Paul Aguilar, que dice que toda su vida adulta se ha visto ensombrecida por el VIH y el sida, la pandemia de la COVID-19 le ha traído de vuelta miedos y ansiedades similares a los que le provocó por primera vez el sida. Esta vez, dice, «puedo sentir de verdad el miedo, la ansiedad, el dolor y la frustración, pero no tendré el alcohol como apoyo, como lo tenía entonces. Y, por si fuera poco, también me toca revivir ecos del pasado».
Por desgracia, dijo Aguilar, durante esta pandemia ha tenido que luchar contra su instinto natural de ayudar en persona a quienes lo necesitan, algo que no ocurría en pleno apogeo de la epidemia del sida. Nadie sabía exactamente qué hacer durante los primeros años del sida, comentó, pero la comunidad veía cómo moría la gente y sabía que tenía que unirse para apoyar a quienes vivían con el sida y a quienes morían a causa de él.
Hobi, que tiene 75 años, ha vivido tres epidemias (la poliomielitis, el VIH y ahora la COVID-19). Hobi dice que tiene esperanzas en un mundo tras la COVID-19. Dice que recuerda el cambio radical que se produjo cuando empezó a estar disponible la vacuna contra la poliomielitis.
«La gente había sido testigo de toda esa devastación causada por la poliomielitis. Además, hacía solo diez años que habíamos salido de la Segunda Guerra Mundial, así que en Estados Unidos la gente creía de verdad en el poder de la ciencia y tenía una actitud muy optimista. Al año siguiente de la llegada de las vacunas, se produjo un cambio increíble. Podíamos volver a las piscinas… podíamos volver a hacer de todo. Fue maravilloso, y ocurrió en muy poco tiempo. Ojalá pase lo mismo con la COVID-19».