Por Tyler TerMeer, doctor, director general de San Francisco AIDS Foundation
En los cuatro meses que llevo aquí, en el Área de la Bahía, he estado pensando mucho en lo importante que es este momento para la historia de nuestra organización.
¡Qué momento tan especial estamos viviendo! Por primera vez en los 40 años de historia de la Fundación « San Francisco AIDS Foundation » (SFAF), vamos a celebrar el Juneteenth con una persona negra al mando, y acabamos de celebrar un evento del Juneteenth increíblemente emotivo para las personas a las que atendemos, ¡organizado por nuestro fenomenal equipo « Black Health » aquí en la Fundación!
Sé de primera mano que para muchísima gente negra y de piel morena de nuestra comunidad y de este ámbito, nunca pensamos que llegaría este día. Como personas negras, no siempre nos hemos sentido bienvenidos, ni hemos tenido un sitio en la mesa, ni hemos visto a gente que se parezca a nosotros en puestos de liderazgo. Estos y otros factores han hecho que, históricamente, los servicios nos parecieran inaccesibles o fuera de nuestro alcance.
Pero en este nuevo momento de nuestra historia en la SFAF, tengo el enorme honor de ocupar este cargo y de estar aquí con todos vosotros en esta celebración del Juneteenth.
De pequeña no sabía nada del Juneteenth porque no lo enseñaban en mi colegio ni se reconocía ni se celebraba en la comunidad donde vivía. Crecí en una ciudad con mayoría de gente blanca, en una zona en la que mis abuelos lucharon mucho para poder comprar un terreno y sentar las bases para que sus hijos, nietos y las futuras generaciones de nuestra familia tuvieran el mayor éxito posible.
Sin embargo, ya conocía el Juneteenth porque he tenido el privilegio de crecer en una familia negra que creía firmemente en el poder de contar historias y en la importancia de dar visibilidad a las experiencias vividas por nuestros antepasados, por muy dolorosa que pueda ser esa historia.
Y aunque es imposible hablar de verdad sobre la epidemia del VIH en Estados Unidos —o sobre cualquier otra desigualdad sanitaria o socioeconómica, para el caso— sin hablar de la raza, tampoco podemos ignorar que el debate tiene que ir mucho más allá de eso. Condiciones como la pobreza, la falta de educación y la injusticia económica, los prejuicios raciales y de género, la violencia de género, el encarcelamiento masivo y el impacto resultante del trauma son factores que se han arraigado a propósito en nuestra sociedad y que contribuyen a crear un entorno propicio para que la epidemia del VIH prospere.
El legado de la esclavitud, la violencia contra la población negra y su opresión sistémica pesa mucho sobre EE. UU. y siempre ha marcado nuestro panorama sociopolítico.
Como personas negras, siempre hemos tenido que luchar, ¡y TODAVÍA seguimos luchando hoy en día!
En los últimos años, hemos tenido que mantenernos firmes y plantar cara a los intentos del anterior Gobierno y del Congreso de reprimir el activismo negro, defender y dar cobertura a los supremacistas blancos violentos, menospreciar a los países africanos y atacar sin piedad la red de seguridad sanitaria de la que dependen las personas negras que viven con el VIH o son vulnerables a él.
Ahora bien, como personas negras, no necesitamos que nadie nos diga que la lucha por la igualdad y, más allá, por la liberación, está lejos de haber terminado.
Así que, para honrar hoy a mis antepasados, voy a empezar con una historia que nos ayude a conectar con nuestras raíces. Esta historia debería ser tan conocida entre nosotros como lo es el recorrido que seguimos cada año en la celebración del Día de la Independencia que organizamos aquí en EE. UU., pero, por muchas razones complicadas, con múltiples aristas y racistas, no es tan conocida.
El 19 de junio, dos días después de su llegada y hace casi 170 años esta semana, el general de división Gordon Granger entró en el puerto de Galveston, Texas. Acompañado de 1.800 soldados de la Unión, se situó en el balcón de un edificio del centro de Galveston y leyó la Orden General n.º 3 a la multitud reunida abajo. «Se informa al pueblo de Texas de que, de acuerdo con una proclamación del Ejecutivo de los Estados Unidos, todos los esclavos son libres».
El júbilo que siguió al anuncio de Granger en Galveston se extendió por todo Texas, llegando rápidamente a las 250 000 personas esclavizadas del estado. Un año después, surgió una fiesta espontánea llamada «Juneteenth», nombre formado a partir de las palabras «June» (junio) y «nineteenth» (diecinueve).
Aun así, casi 170 años después de su origen, el Juneteenth sigue sin tener apenas reconocimiento en el calendario nacional de Estados Unidos. Muchos estadounidenses no sabían de su existencia hasta hace pocos años, ni conocían sus raíces. Por desgracia, ese desconocimiento del Juneteenth refleja un problema más profundo: la persistencia de dos historias, la de los negros y la de los blancos, separadas y desiguales.
Frederick Douglass expresó esa división fundamental en un discurso memorable el 4 de julio de 1852. «La rica herencia de justicia, libertad, prosperidad e independencia que os legaron vuestros padres la compartís vosotros, no yo», dijo. «Este 4 de julio es vuestro, no mío».
El Juneteenth es la otra cara de la moneda del Día de la Independencia. Ciento setenta años después de que el general Granger les dijera a los esclavos de Texas que eran libres, muchos de los que conocen esta festividad la ven como una «fiesta afroamericana».
Esa percepción, sin embargo, resta importancia de forma injusta al significado fundamental del «Juneteenth». Este día debería reconocerse por lo que es: un motivo de orgullo compartido por el fin simbólico de siglos de esclavitud racial —un crimen contra la humanidad y una gran mancha en el alma de Estados Unidos—. Tan significativo como el propio Día de la Independencia, el «Juneteenth» cierra el círculo, reafirmando que «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» son derechos de todos, no solo de unos pocos.
Así que, este fin de semana, mientras la SFAF celebra este día y seguimos con nuestro trabajo, es un claro recordatorio de que hay que hacer una pausa y recordar el importante compromiso que hemos asumido con la justicia racial y sanitaria para todos como marco de referencia —no solo en una conversación de pasada o como el eje central de una parte de nuestro trabajo, sino en nuestra práctica diaria—.
El Juneteenth es un día de celebración. También es una oportunidad para empezar a definir una visión colectiva que aborde el VIH y la salud de las personas que consumen drogas en nuestras comunidades, una visión basada en la justicia racial y social, y que aproveche las fortalezas y la resiliencia inherentes a nuestras comunidades.
Es una oportunidad para dar visibilidad a los líderes negros y destacar la programación innovadora de nuestro equipo « Black Health », así como el trabajo creativo y atractivo que tantos otros programas de la SFAF están desarrollando para la comunidad negra: una programación que nace y se impulsa desde la propia comunidad. Nos sirve para recordar que no debería haber nada sobre nosotros sin que nosotros participemos.
Como director general, sigo comprometido a liderar teniendo en cuenta las cuestiones raciales, a escuchar, aprender y crecer juntos, y a seguir invirtiendo para reforzar nuestro compromiso con la equidad y la justicia racial.
De hecho, yo personalmente creo que el crecimiento y la fortaleza solo se consiguen con un esfuerzo constante y aprendiendo a sentarnos y a superar esa incomodidad a nuestro propio ritmo y a nuestra manera. Esto nos exige asumir los errores del pasado, reconocer las experiencias que otras personas hayan podido tener con nosotros a lo largo del tiempo y comprometernos a hacerlo mejor. Es un trabajo emotivo, difícil, pero de vital importancia.
Vamos a tener que unirnos todos para cambiar esta situación. ¡Pero la liberación es posible!