Cuando tenía veintipocos años, nunca me paré mucho a pensar en la relación entre mis identidades raciales y étnicas y mi sexualidad como hombre gay de color. Viví muchas experiencias dentro de la comunidad gay de San Francisco, donde crecí. El barrio (Bayview/Hunters Point) donde me hice mayor era mayoritariamente afroamericano. Fui a colegios católicos desde infantil hasta bachilleratode . No sé cuántas veces me llamaron «negro» o «maricón» en el colegio. Tampoco recuerdo cuántas veces se cuestionó mi aspecto diferente, de raza mixta.
Nunca llegué a encajar del todo en los espacios queer ni en ninguna comunidad étnica concreta, porque o bien me rechazaban de plano por ser un hombre de color, o bien me cosificaban por ser «exótico», o bien no encajaba perfectamente en las normas raciales que la sociedad impone a los distintos cuerpos. Llevaba botas de vaquero. Escuchaba a Celia Cruz, a Tupac, música zydeco y a En Vogue. Cuando no sigues los guiones raciales ni actúas como los demás quieren, la gente no sabe en qué cajón meterte.
El trauma intergeneracional que sufren las personas mestizas y afroindígenas es doloroso. La gente no cree que exista algo así como un «indio negro». Y aunque tanto a las personas negras como a las indígenas se las ignora tanto en las comunidades queer como en el ámbito de la salud pública general, también estamos (como siempre hemos hecho) encontrando nuestras propias formas de luchar contra la opresión y la invisibilidad.
Cuando tenía 27 años y me diagnosticaron el sida, me quedé en estado de shock total. Me di cuenta de que nunca había pensado mucho en la relación entre el VIH o la identidad queer y la raza, porque nunca sentí que la comunidad LGBTQ fuera un espacio seguro para las personas negras e indígenas. Pensé que me iba a morir. Tenía 35 células T y mi carga viral era de 500 000. La neumonía que padecía era una de las principales causas de muerte por complicaciones relacionadas con el sida. Sobreviví.
Pero, pensándolo bien, lo que quiero destacar es que nosotros, las personas negras, indígenas y queer, estamos haciendo mucho más que sobrevivir y ser resilientes. A pesar de que nos enfrentamos a un acceso desigual a servicios sanitarios de calidad y a modelos terapéuticos que siguen revictimizando a la gente, estamos encontrando formas de prosperar.
Prosperar o poner en práctica la «prósperancia» significa convertir nuestros traumas y vulnerabilidades en momentos y oportunidades para cambiar nuestras vidas. El sida cambió mi vida. Poco después de que me diagnosticaran y me dieran el alta del hospital, asistí a una ceremonia de la pipa dirigida por un amigo y curandero de la nación navajo/dine. Esa noche me dijo: «Hay mucha gente ahí fuera pasando por lo mismo que tú. Jóvenes que sufren discriminación y que no tienen voz. Puedes ayudar contando tu historia. Esos son tus hermanos y hermanas. Tu comunidad es tu medicina». He llevado sus palabras conmigo durante los últimos 18 años. «¡Tu comunidad es tu medicina!»
Así que hoy, como profesora universitaria, conferenciante y miembro de la comunidad que trabaja con las comunidades negras, indígenas y queer para lograr una mayor justicia, me doy cuenta de que lo que necesitamos hoy en día no es ser aliados. Necesitamos un vínculo de hermandad. Necesitamos que la gente esté con nosotros todos los días, no solo cuando está de moda mostrar apoyo o colgar un cartel de BLM en el escaparate de una tienda queer o poner una foto de perfil de una persona negra en las redes sociales.
¡No! Necesito que seas mi medicina. Necesito que te comportes como un familiar que se preocupa por mí cada día. Necesito que denuncies la continua sobrerrepresentación de las personas negras, indígenas y trans de color en la epidemia del sida, así como en casi todos los ámbitos de la salud pública actuales, desde las enfermedades cardíacas y la diabetes hasta el encarcelamiento excesivo y la violencia que sufren los pueblos negros e indígenas. Necesito que te pongas manos a la obra y no nos pidas a nosotros que lo hagamos, porque desde que este país fue colonizado por primera vez, las personas de ascendencia africana e indígena llevan gritándote cuáles son los problemas. Ahora necesitamos un cambio significativo, y eso incluye los espacios queer, ya sea en un evento del Orgullo o a través de tu trabajo con las agencias de salud pública.
La gente, sobre todo en las últimas semanas, está intentando entender el racismo y demostrar, a menudo de forma un poco teatral, que se solidariza con la comunidad negra. Quiero que la gente vea las conexiones y las formas cotidianas en las que el racismo genera violencia contra las personas negras e indígenas en este país.
Cuando pensamos en los orígenes más remotos de las celebraciones del Orgullo que se conmemoran este mes (aunque sea sobre todo en espacios virtuales por culpa de la COVID-19), no debemos olvidar que no se trataba de una celebración, sino de liberación, levantamientos y lucha contra la brutalidad policial. Todos los logros de los que disfrutan hoy las personas LGBTQ y queer son fruto de esas primeras luchas lideradas por personas negras, indígenas y trans de color. No se trata solo de orgullo. ¿Qué tiene que ver el orgullo con todo esto si no todos somos libres? ¿Qué tiene que ver el orgullo con todo esto si necesitamos un plan de acción nacional en las comunidades LGBTQ2S (Two-Spirit) para abordar el racismo contra las personas negras y indígenas y su invisibilización en los espacios y organizaciones queer?
El concepto mismo de «Orgullo» es un privilegio. Dar por hecho que basta con «salir del armario» y «estar orgulloso», y que las cosas «mejorarán», o que al integrarnos en las normas dominantes —como el matrimonio— ahora somos de alguna manera «libres», es profundamente problemático. El Orgullo deja de lado a las personas negras e indígenas. Claro, hemos tenido grandes mariscales y otros espacios para personas negras, indígenas y de dos espíritus en estos desfiles, pero, de nuevo, ¿cómo estamos dando prioridad a las reivindicaciones de acceso a la vivienda para todos, a la sanidad, a la educación gratuita y a los recursos económicos?
Por eso, quiero hacer un llamamiento a la comunidad LGBTQ para que no seáis ni aliados ni cómplices. Ser aliado implica que hemos creado una alianza en la que yo hago algo por ti para que tú, más adelante, hagas algo por mí. Y ser cómplice implica que nos estamos ayudando mutuamente a cometer un delito. Lo que espero que estemos haciendo es crear una comunidad y forjar lazos de solidaridad y hermandad para que todos podamos prosperar.
Podemos empezar por dar un papel realmente central a las personas negras, indígenas, de dos espíritus y trans en las organizaciones, como miembros de la junta directiva, como líderes, y no solo con gestos simbólicos en torno al Orgullo o a los meses dedicados a la historia de los distintos grupos étnicos. Quiero que hagamos este trabajo cada día. Así que hoy te pido, si estás leyendo esto, que por favor escribas una declaración personal de solidaridad y hermandad por la liberación de las personas queer negras e indígenas de este país. Anima a otros a escribir y a llevar consigo estas declaraciones y compromisos. No hace falta que lo publiques ni lo compartas, porque NO se trata de ti. Se trata de todos nosotros. Así que llévalo en tu corazón. Llévalo en tus palabras y, lo más importante, llévalo en tus acciones. Sé medicina. Hiwew (gracias), parientes.