Proyecto 2025 se suele describir como una iniciativa de la Heritage Foundation, un centro de estudios conservador, para desarrollar un plan de transición presidencial y un gobierno para un futuro presidente. Ofrece un plan de acción de 180 días con propuestas de normativas y decretos presidenciales, una base de datos de posibles candidatos a cargos públicos, una academia de formación en línea para formar a los candidatos en los principios conservadores y otras ideas que describen «la última oportunidad del próximo presidente conservador para salvar nuestra república».
Pero me cuesta llamarlo «manual». Es más bien una receta para el desastre. Un tocho de 900 páginas lleno de políticas retrógradas y teorías conspirativas. Es como si hubieran cogido todas las peores ideas de los últimos 50 años, las hubieran metido en una batidora y le hubieran dado al botón de «puré». ¿El resultado? Un plan para «salvar» a Estados Unidos destruyendo todo lo que lo hace grande.
Piensa en la palabra «equidad». Solo con pronunciarla, parece que a los autores del Proyecto 2025 les da escalofríos. Está a la altura de otros términos que les encanta detestar: «orientación sexual e identidad de género» (o SOGI, para los que estén al tanto), diversidad, inclusión, género, igualdad de género… básicamente, cualquier cosa que tenga que ver, aunque sea de lejos, con hacer del mundo un lugar más equitativo.
Echa un vistazo a las 900 páginas del Proyecto 2025 y verás que estas palabras se tratan como si fueran veneno político. ¿«Concienciación de género»? Demasiado radical. ¿«Salud reproductiva»? Ni se te ocurra sacar el tema. Es como si estos responsables políticos le hubieran declarado la guerra a los propios conceptos de justicia e igualdad.
Escondida en el capítulo 14, en la página 482, la propuesta de redefinir la misión del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) —pasando de promover la equidad a atender a «todos los estadounidenses desde la concepción hasta la muerte natural»— sugiere un alejamiento de la atención a las necesidades específicas y las desigualdades a las que se enfrentan las personas de color, las personas LGBTQ, las mujeres y otros grupos que, históricamente, han sido excluidos de la toma de decisiones en materia de atención sanitaria.
Sin duda, el HHS tiene un papel que desempeñar a la hora de abordar los determinantes sociales de la salud, como la vivienda, la educación y la seguridad alimentaria, que afectan de forma desproporcionada a las comunidades más desfavorecidas. Si el departamento deja de dar prioridad a la equidad, es menos probable que ponga en marcha políticas que aborden estas causas fundamentales de las desigualdades en materia de salud. Esto podría agravar las disparidades en los resultados de salud con el paso del tiempo.
De hecho, la raza, el origen étnico, el género, la situación socioeconómica o la orientación sexual siguen influyendo en los resultados de salud de las comunidades. Un estudio reveló que el 1 % de los hombres más ricos podía esperar vivir 14,6 años más que el 1 % de los hombres más pobres. En el caso de los jóvenes transgénero, cada episodio de acoso o discriminación aumenta 2,5 veces la probabilidad de que se autolesionen. Las mujeres de color y las que viven en zonas rurales siguen sin tener un acceso equitativo a las citologías periódicas, una medida fundamental para acabar con el cáncer de cuello uterino.
Pero en un país en el que ni siquiera podemos decir la palabra «equidad», ¿se prestará a estos problemas de desigualdad, que son innegables, la atención más sincera que necesitan?
Desde un punto de vista moral y ético, es injusto que ciertos grupos tengan peores resultados de salud o menos acceso a la atención sanitaria por factores como la raza, el origen étnico, el género, la situación socioeconómica o la orientación sexual. La equidad promueve la justicia y los derechos humanos en el ámbito de la salud.
Para las comunidades que, históricamente, han recibido una atención insuficiente por parte del sistema sanitario o que desconfían de él, ver que el HHS deja de dar prioridad a la equidad podría minar aún más esa confianza. Esto podría llevar a una menor participación en el sistema sanitario, lo que incluiría menores índices de atención preventiva, de control de enfermedades crónicas y de participación en programas de promoción de la salud. Esa falta de participación podría tener consecuencias a largo plazo para la salud y el bienestar de estas comunidades.
Es fundamental que salgamos a votar en masa para elegir a líderes que defiendan la justicia, la igualdad y el bienestar de todas las personas. Necesitamos que en el poder haya personas que luchen para proteger nuestro acceso a la asistencia sanitaria, nuestro derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos y nuestra libertad para vivir abiertamente y con orgullo tal y como somos.
Pero votar no basta. También tenemos que organizarnos, informar y movilizar a nuestras comunidades para que pasen a la acción. Tenemos que sacar a la luz las políticas perjudiciales que se recogen en el Proyecto 2025 y exigir a los candidatos que den cuenta de sus posiciones. Tenemos que hacer campañas telefónicas, ir de puerta en puerta y animar a la gente a votar como si nuestras vidas dependieran de ello… porque así es.
El futuro de nuestro país está en juego. Demos a ver a las fuerzas que hay detrás del Proyecto 2025 que no vamos a dar marcha atrás. No nos van a silenciar ni a intimidar. Nos levantaremos y lucharemos por esa sociedad equitativa y justa que sabemos que es posible.
Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor. No reflejan las opiniones ni las posturas de San Francisco AIDS Foundation. SFAF sirve como fuente de información sobre las últimas novedades en materia de prevención y tratamiento del VIH, estrategias para vivir bien con el VIH y cuestiones de salud relacionadas con la comunidad LGBTQ. Nuestro objetivo es informar, empoderar y fomentar el diálogo.