Ir al contenido

La bandera del Orgullo como símbolo de un mundo mejor

25 de junio de 2021

Este mes —el Mes del Orgullo— seguro que has visto arcoíris por todas partes: en edificios, ropa, mascarillas, desfiles y logotipos de empresas, ya que todo el mundo se esfuerza por mostrar su apoyo a la comunidad LGBTQ+. En otras partes del mundo, las identidades LGBTQ+ siguen siendo rechazadas, clasificadas como trastornos mentales e incluso consideradas ilegales. Sabiendo esto, celebramos tanto apoyo visible, porque la visibilidad es importante.  Ahora, nuestra visibilidad LGBTQ ha llegado a una nueva esfera de influencia: los mástiles de las embajadas de EE. UU. por todo el mundo. 

El 17 de mayo, el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia, el secretario de Estado Antony Blinken anunció, junto con otros responsables de la Administración Biden, un plan para revocar una política de la era Trump que prohibía izar la bandera del Orgullo junto a la bandera de EE. UU. Esta revocación especial y la nueva autorización, explicó el secretario Blinken, permite a las embajadas de EE. UU. izar la bandera del Orgullo en sus representaciones diplomáticas durante todo el mes de junio, que para EE. UU. y muchos países de todo el mundo es el mes del Orgullo. Esta medida encaja perfectamente con lo que el secretario Blinken dejó claro en su audiencia de confirmación en el Senado: «Creo que Estados Unidos debe desempeñar el papel que le corresponde a la hora de defender y proteger los derechos de las personas LGBTQI, y eso es algo que el departamento va a asumir y poner en práctica de inmediato».

Aunque EE. UU. es un referente de la democracia —una palabra de origen griego que significa «poder para el pueblo», ¿qué sentido tiene si el poder se distribuye de forma desigual y estas desigualdades no se reconocen dentro de una «democracia»? ¿Puede la democracia prosperar de verdad? Que nos vean, nos escuchen y nos valoren es fundamental (¡hola, purpurina en la cara y sombra de ojos de pavo real!), no solo por nuestro propio bienestar como comunidad marginada, sino por el bien de la democracia. De hecho, la visibilidad y la representación son pilares fundamentales de la democracia, y Estados Unidos pone de relieve los valores que siempre hemos defendido cuando mostramos públicamente nuestro apoyo a la comunidad LGBTQ. 

La política de la era Trump que prohibía izar banderas del Orgullo en los mástiles de las embajadas la explicó en 2019 el entonces vicepresidente Mike Pence, quien dijo en una entrevista que «cuando se trata del mástil de la bandera estadounidense y de las embajadas y capitales estadounidenses en todo el mundo, solo ondea una bandera estadounidense». El entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, se mostró de acuerdo y aplicó políticas que permitían a las embajadas exhibir símbolos del Orgullo en otros lugares de las embajadas. 

La respuesta de la Administración Trump hizo que mucha gente se preguntara si esos líderes entendían cuánto trabajo hace falta para garantizar que las personas LGBTQ de todo el mundo puedan vivir con dignidad y respeto por quienes realmente son, y qué papel podrían desempeñar los EE. UU. en esta campaña global por los derechos humanos. En 73 países, por ejemplo, la homosexualidad sigue considerándose un delito, que en algunos lugares se castiga con la pena de muerte. Sarah Hegazi,una activista queer de 30 años, fue detenida, torturada y agredida sexualmente por izar la bandera del Orgullo durante un concierto en Egipto en 2017. Sarah se quitó la vida mientras se encontraba en Canadá solicitando asilo. Y justo este último mes, Alireza Monfared, un hombre gay de Irán, fue presuntamente asesinado por miembros de su familia, solo unos días antes de salir de Irán para solicitar asilo. Alireza solo tenía 20 años.

A pesar de la situación de los derechos LGBTQ a nivel mundial, seguimos estando a años luz de donde estábamos en 1978, cuando se creó la bandera del Orgullo. El artista Gilbert Baker, un hombre abiertamente gay y drag queen, diseñó la primera bandera arcoíris para la «Gay Freedom Celebration» de San Francisco. Y a partir de este mes, la bandera original del Orgullo ha vuelto a San Francisco. En la versión original de ocho colores, cada color tenía un significado. El rosa representa la sexualidad, el rojo la vida, el naranja la sanación, el amarillo el sol, el verde la naturaleza, el turquesa el arte, el índigo la armonía y, por último, el violeta el espíritu. Con el paso de los años se han ido añadiendo colores adicionales para representar la inclusividad y reconocer también los retos interseccionales a los que se enfrentan las personas negras, de piel morena y trans. 

En esta última iniciativa de la Administración Biden, fue el Gobierno quien dio el primer paso, pero, claro, no hace falta esperar a que se apruebe una nueva ley o a que llegue un ciclo electoral para marcar la diferencia. Al igual que hizo Gilbert Baker al crear la bandera del Orgullo, cada uno de nosotros puede aportar su granito de arena para crear un mundo más inclusivo. 

Si conseguimos crear un mundo en el que todo el mundo se sienta seguro —tanto física como emocionalmente— para mostrarse tal y como es allá donde vaya y ser visible, cada uno de nosotros podrá aportar su granito de arena para lograr un cambio a una escala mucho mayor. Piensa en los problemas de salud que sufren las personas LGBTQ. La vergüenza, el miedo y la discriminación son algunos de los factores que contribuyen a estas desigualdades. De hecho, sabemos que las las perspectivas de vida de los jóvenes LGBTQ con familias que les apoyan son mucho más prometedoras. 

La bandera del Orgullo les dice a muchas personas: «Os vemos. Vivid vuestra verdad. El mundo es un lugar mejor». La bandera se ha convertido en una forma tangible de plasmar lo que dijo en su día Harvey Milk, el primer cargo electo abiertamente gay de la historia de California: «Gente gay, no conseguiremos nuestros derechos quedándonos callados en el armario». A todos nos viene bien recordar estas palabras mientras construimos un mundo mejor para todos.