Cada vez que lo veo, se me tensa la mandíbula: otro chico «versátil» en Grindr que, tras unos cuantos mensajes, admite avergonzado que en realidad es pasivo. Mi enfado no va dirigido a él, sino a nuestra comunidad, que le ha hecho sentir que tenía que mentir desde el principio.
Muchos de nosotros conocemos a esa amiga que en los bares pone en marcha su «radar de ligue» y evalúa con total seguridad a los chicos según cómo sujetan la copa o cómo llevan el pelo. Como si la forma en que alguien cruza las piernas o se pinta las uñas pudiera indicar sus preferencias sexuales. «El esmalte negro es discreto, pero el rosa grita a las claras que eres un pasivo», les he oído decir. Sería para partirse de risa si no fuera tan dañino.
Lo entiendo. Yo también he pasado por eso. No siempre he tenido tanta seguridad como para ser pasivo. De hecho, durante mis primeras experiencias sexuales, el miedo me paralizaba, no solo por la vulnerabilidad del acto en sí, sino también por la etiqueta. Recuerdo estar tumbado en la cama con chicos, y los dos dando vueltas alrededor de lo que realmente queríamos, porque me aterrorizaba decir las palabras «quiero ser pasivo».
El deseo estaba ahí, ardiendo bajo mi piel, pero la vergüenza era más fuerte. Así que, en lugar de explorar lo que mi cuerpo ansiaba, me limité al frot, yendo a lo seguro en ese extraño término medio donde, al menos, nadie podía llamarme «pasivo». Mirando atrás, perdí muchísimo tiempo —tres años, para ser exactos— negándome el placer porque tenía miedo de que me vieran como alguien femenino, débil o inferior.
Ahora casi me hace gracia: ya era gay, ya era «diferente» a ojos de la sociedad, y aun así seguía aferrándome desesperadamente a esa idea tóxica de la masculinidad. Me estaba acorralando a mí mismo, por así decirlo, negándome a permitirme experimentar precisamente lo que más deseaba.
Más allá de mi propia experiencia personal, los estudios demuestran que la masculinidad tóxica está tan arraigada en nuestra comunidad que, claro, muchos hombres prefieren mentir sobre su rol sexual antes que enfrentarse al juicio que conlleva que te tachen de «pasivo». Estamos interiorizando esta extraña jerarquía en la que que te penetren equivale a ser inferior.
Nunca he entendido esa lógica. ¿Cómo es posible que la persona que tiene el valor de mostrarse vulnerable, de confiarle a otro ser humano su cuerpo de la forma más íntima posible, sea, de alguna manera, la «más débil»? Es como decir que la persona que confía en ti lo suficiente como para entregarte su corazón tiene menos valor que la que lo recibe.
También hay estudios que intentado entender por qué los hombres gais siguen sufriendo un estigma importante por sus roles sexuales preferidos. Esto es lo que quiero saber: en una comunidad que ha luchado tanto contra el juicio de la sociedad, ¿cómo hemos acabado vigilándonos unos a otros en la cama? Pero eso es justo lo que hacemos en nuestra propia comunidad cuando activamos nuestros «radares de activos» o cuando decimos en broma «Deja de ser tan pasivo» cuando creemos que alguien se está pasando de la raya, o cuando la gente en las apps de citas pone «Masc4Masc», que básicamente significa «nada de pasivos».
El término «power bottoms», cuando se usa para diferenciar un tipo alternativo de bottoms, no ayuda mucho a resolver los retos. El término en sí sugiere una especie de partida de ajedrez sexual en la que las dinámicas de poder fluyen en ambos sentidos, desafiando la simplista dicotomía entre top y bottom. Pero, como la mayoría de las etiquetas en los espacios queer, es más complicado y tiene más matices de lo que un solo término puede captar. Cada encuentro ofrece la oportunidad de entablar una coreografía única de intercambio de poder, lo que hace que estas categorías rígidas parezcan casi anticuadas en sus intentos de clasificación. (Dejaré mis reflexiones completas sobre este baile en particular para otro día, pero vale la pena señalar cómo incluso nuestros intentos de subvertir las dinámicas de poder tradicionales a menudo acaban creando nuevas casillas por sí mismas).
La esencia de ser queer es que podemos coger ese manual de normas arcaico que escribieron los heterosexuales, rociarlo con gasolina y prenderle fuego. Hemos luchado demasiado por nuestra liberación como para seguir jugando según sus reglas sobre lo que hace que alguien sea fuerte o débil, masculino o femenino. ¿Ese manual heterosexual? Para empezar, nunca se escribió para nosotros. Entonces, ¿por qué dejamos que nos dicte cómo nos valoramos unos a otros en la cama?
Así que este es mi reto para nuestra comunidad: la próxima vez que te des cuenta de que estás haciendo suposiciones sobre las preferencias sexuales de alguien basándote en sus gestos, o sientas la necesidad de mentir sobre tus propias preferencias, pregúntate por qué. ¿De qué tienes miedo realmente? Porque en un mundo que en su día intentó avergonzarnos a todos por a quién amamos, ¿no deberíamos haber dejado ya atrás lo de avergonzarnos unos a otros por cómo amamos? Y, sobre todo, ¿no queremos algo más para nosotros mismos que avergonzarnos a nosotros mismos también?
La verdad es que el buen sexo —el sexo realmente bueno— requiere que ambas partes estén totalmente presentes, se sientan cómodas y estén orgullosas de quiénes son y de lo que les gusta. Cada vez que alguien miente en Grindr diciendo que es versátil, cada vez que alguien hace una broma sobre los pasivos en un bar, nos alejamos más de ese ideal. No se me escapa la ironía de que muchos de los mismos tíos que se burlan de los pasivos nunca han sido pasivos ellos mismos.
A los chicos «versátiles» de Grindr que en realidad son pasivos: os entiendo. Yo también fui como vosotros. No tenéis nada de qué avergonzaros. Vuestra preferencia sexual no os hace menos hombres, ni menos valiosos, ni menos poderosos por el hecho de que queráis que os metan una polla. Lo único que nos resta poder es fingir ser algo que no somos.
Y para todos los demás: estamos en 2025. Hemos luchado demasiado por nuestros derechos como para seguir peleándonos entre nosotros por quién hace qué en la cama. Dejemos ese tipo de masculinidad tóxica para los tíos heteros que todavía creen que el gel de baño «3 en 1» existe de verdad y que usar una esponja vegetal es «gay».
Porque, al fin y al cabo, da igual si eres activo, pasivo o realmente versátil: lo único que debería importar es que te mantengas fiel a ti mismo con orgullo.