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¿Debería importarnos que la FDA esté persiguiendo a los poppers?

25 de marzo de 2025

Los poppers —esas botellitas de magia líquida que llevan siendo desde siempre los héroes olvidados de la vida nocturna gay— parecen haberse convertido ahora en el enemigo público número uno. Por eso, Double Scorpio, el querido fabricante de poppers, acaba de anunciar que va a cerrar tras una espectacular redada de la Administración Federal de Medicamentos (FDA) que parece decir: «No, claro que no vamos a por la comunidad gay… guiño, guiño». 

«Porque nada transmite mejor el mensaje de “salud pública” que hacer una redada en una empresa que lleva décadas haciendo que la gente se lo pase en grande y que las pistas de baile se vuelvan locas», dice Austin, un vecino de San Francisco y cliente de Magnet, la clínica de salud sexual de la SFAF. 

Echemos la vista atrás: los «poppers», como se conoce comúnmente a los nitritos de alquilo, tienen una historia compleja en la cultura y la legislación estadounidenses. En los años 60 se recetaban para tratar afecciones cardíacas, pero en los años 70 y 80 se introdujeron en el ambiente nocturno gay por sus breves efectos eufóricos y sus propiedades relajantes musculares. Han estado en una zona gris legal desde 1969, cuando la FDA restringió por primera vez el nitrito de amilo a la venta solo con receta médica.

Te diré que ha habido hospitalizaciones y fallecimientos directamente relacionados con su consumo, con riesgos que van desde emergencias médicas agudas hasta complicaciones de salud a largo plazo. Pero para la mayoría de las personas sanas que usan poppers tradicionales con nitritos para el sexo, los riesgos son relativamente leves. Hay quien los usa mal y se los ingiere. No lo hagas. Y, desde luego, infórmate sobre otras formas de reducir los posibles daños si vas a seguir usando poppers. 

Lo más preocupante del cierre de Double Scorpio es el momento en que se ha producido. La repentina campaña de la FDA contra los «poppers» resulta especialmente sospechosa, teniendo en cuenta que su nuevo director, Robert F. Kennedy Jr., tiene un historial documentado de difundir afirmaciones falsas sobre estas sustancias.

El propio RFK Jr. ya ha defendido antes la idea que relaciona erróneamente los «poppers» con el sida. Es una teoría que hace tiempo que ha sido desmentida científicamente. Ahora surge la pregunta: ¿se están investigando los poppers por una afirmación ampliamente desmentida de que causan el sida? ¿Es que RFK Jr. no ha recibido ninguna información nueva sobre el VIH y el sida desde 1986?

Al principio de la epidemia del sida, algunos miembros de la comunidad médica afirmaron que los «poppers» podrían ser la causa de esa extraña enfermedad nueva. Esta narrativa falsa echaba la culpa directamente a los hombres gais y a las comunidades queer, en lugar de a las muchas formas en que el sistema sanitario estaba fallando a las personas LGBTQ+, causando un daño inmenso. Estas narrativas también presentaban la sexualidad gay como algo intrínsecamente peligroso y autodestructivo, casi dando a entender que los hombres gais se estaban «matando a sí mismos» y que, por lo tanto, no merecían compasión ni una respuesta social más contundente para acabar con la epidemia. 

Lo que hace que la retórica de Kennedy sea especialmente peligrosa es su posición. Como figura pública destacada y ahora secretario de Salud y Servicios Sociales, sus palabras tienen un peso significativo. Cuando resucita estas teorías desacreditadas, no solo está expresando una opinión personal, sino que podría estar influyendo en las políticas de salud pública, la investigación médica y la percepción social del VIH y el sida. Sus opiniones tienen el poder de estigmatizar aún más a comunidades que ya han sufrido tanto daño.

Para quienes vivieron la crisis del sida —que vieron morir a amigos, parejas y miembros de su comunidad mientras las instituciones médicas y los responsables políticos ignoraban su sufrimiento—, la retórica de Kennedy no solo es ofensiva. Es traumática. Es como volver a abrir una herida que nunca llegó a curarse del todo, un recordatorio de una época en la que la comunidad médica trataba a los hombres gais como si fueran desechables, cuando la desinformación científica se usaba como arma de control social.

Entonces, ¿deberíamos preocuparnos? La reacción de la comunidad es una mezcla entre un «bah» de hastío y una resistencia cautelosa. Anthony, otro cliente de Magnet , se encogió de hombros mientras me decía: «La FDA ya ha ido a por los poppers antes. Y seguimos aquí».

A Kalob, que vive en Oakland, le preocupa lo que va a pasar ahora. «La verdad es que nadie habla del mercado negro. Ni de cómo eso va a hacer que esos productos sean aún más peligrosos». 

Austin resume el quid de la cuestión con precisión quirúrgica: «Lo único que pedimos es una agencia de salud pública que se guíe por la ciencia, no por el estigma». Es una petición sencilla y, sin embargo, históricamente, para nuestra comunidad no ha sido nada sencilla.

Puede que la redada por los «poppers» se trate de una botellita, pero la conversación va mucho más allá: quién tiene derecho a definir la salud pública y con qué pruebas, qué cuerpos importan y qué experiencias se consideran dignas de protección.