Comparto mi historia como persona en recuperación de un trastorno por consumo de sustancias y como superviviente de una sobredosis. El miedo a esa sobredosis sigue ahí, como una cicatriz, en lo más recóndito de mi subconsciente: el pánico, el corazón a punto de salirse del pecho, el vacío, despertarme un día después en una bañera llena de hielo, sin saber dónde estaba ni qué había pasado. Podría haber muerto ese día. Tuve suerte. Sobreviví. Por eso me gustaría compartir algo contigo sobre las sobredosis de drogas.
Ahora mismo, en San Francisco, las sobredosis de drogas han alcanzado su máximo histórico. Más de 700 personas sufrieron una sobredosis y fallecieron en 2020. Esto supone más del doble que el número de muertes por COVID-19, así que no puedo evitar preguntarme por qué no tratamos esta epidemia con el mismo nivel de seriedad y urgencia.
Y no puedo evitar llegar a la conclusión de que ignorar la crisis de las sobredosis no es más que parte de una guerra clasista: una guerra contra los pobres, los marginados, y sobre todo contra las personas negras, de color y del colectivo LGBTQ. Es una guerra contra gente que no tiene casi nada y que tiene muy poco poder a la hora de hacerse oír.
Aunque algunas sobredosis parecen surgir de la nada, muchas otras no; podemos ver cómo se deterioran las condiciones de vida de las personas sin hogar, así como su salud física y su bienestar mental. Nuestra sociedad está organizada de tal manera que, cuando te quedas fuera del sistema, ahí te quedas. Nos resulta fácil ignorar a aquellos a quienes hemos hecho invisibles.
Durante los últimos ocho meses he estado haciendo trabajo de calle con personas sin hogar varias veces a la semana. Solía atender a un hombre llamado Pasqual; rebosaba calidez y vitalidad, era guapo, encantador y carismático. Era un inmigrante nigeriano que intentaba hacer su vida aquí. Siempre pedía un montón de bocadillos de mantequilla de cacahuete y mermelada, sus favoritos.
Una semana nos dijo a mí y al equipo que había decidido dejar de consumir sustancias, y que si no lo veíamos la semana siguiente, es que estaba en un centro de desintoxicación de camino a la rehabilitación. La semana siguiente, no lo vimos.
Me entristecía la idea de que quizá no volviera a verlo, pero, claro, estaba encantada de que hubiera dado unos pasos de gigante para alcanzar sus objetivos en cuanto al consumo de sustancias. Pasaron unas semanas y me preguntaba dónde estaría, cómo le iría, imaginándolo en una nueva vida, con esperanza, un techo bajo el que vivir y perspectivas de trabajo.
Fue entonces cuando los vecinos nos contaron que, en realidad, Pasqual había sufrido una sobredosis y había fallecido esa misma semana. Su metanfetamina estaba mezclada con fentanilo, un potente opioide sintético. Lo encontraron muerto en su tienda de campaña.
Así que esto va por Pasqual, por mi yo del pasado y por todas las demás personas que han sufrido una sobredosis este año en San Francisco: más de 4.000 casos de sobredosis revertidos hasta ahora según el Proyecto DOPE—y, por supuesto, esto va dedicado a todas las personas que han perdido la vida. No habéis muerto en vano. No os hemos olvidado.
Cada sobredosis es un fracaso de las políticas.
Por eso, los grupos de los que formo parte —la Red de Defensa del VIH en San Francisco AIDS Foundation y la organización sin ánimo de lucro «Young People in Recovery», además de muchos otros— estamos pidiendo a la alcaldesa Breed que reconozca esta epidemia de sobredosis tal y como es y que declare el estado de emergencia de salud pública en San Francisco.
Una vez que se haya aprobado esto, esperamos poner en marcha servicios de consumo supervisado, que reducen considerablemente las muertes por sobredosis (por no hablar de las hospitalizaciones y las nuevas infecciones por VIH).
Creo que tenemos la obligación moral de dejar atrás el estigma asfixiante que todavía rodea a las personas que consumen drogas y, en su lugar, avanzar hacia una nueva era de salud, sanación y felicidad en torno al consumo de sustancias. Los consumidores de drogas merecen protección.
Las sobredosis se pueden prevenir y revertir, y hasta una sola muerte por sobredosis ya es demasiada. Es hora de que pongamos a nuestras comunidades en primer lugar y empecemos a luchar por la asistencia sanitaria que nos merecemos, aumentando los servicios y la atención a las personas que consumen drogas, despenalizando las sustancias y abriendo centros de consumo supervisado lo antes posible. Tenemos el poder —y el deber— de llevar a cabo estos cambios que valorizan la vida.
Me gustaría invitarte a que te unas a mí para pasar a la acción. Si quieres firmar nuestra petición dirigida a la alcaldesa Breed para instarla a ella y a la Junta de Supervisores a que abran centros de consumo supervisado, envía un SMS con el texto «prevent OD» al 52886, o visita este enlace, donde encontrarás nuestra petición en línea. Rellena tus datos y añade tu nombre para sumarte a la lucha por nuestras vidas.
Que tengas un mes de septiembre genial para recuperarte.