Cuando la gente piensa o habla de los trastornos alimentarios en la comunidad LGBTQ, muchos se centran en la experiencia de los hombres gais. El mundo en el que viven los hombres gais, tan centrado en el aspecto físico —con camareros sin camiseta y abdominales marcados, y los requisitos de «nada de gordos ni afeminados» en Grindr—, probablemente contribuye a que haya más casos de insatisfacción con el cuerpo y trastornos alimentarios entre ellos.
Es una conversación importante, sin duda. Pero también tenemos que ampliar nuestra visión de cómo los trastornos alimentarios afectan al resto de la comunidad LGBTQ. Mi historia, como hombre trans, forma parte de eso.
Para cualquier persona a la que le hayan diagnosticado un trastorno alimentario o que tenga tendencias alimentarias desordenadas, el hecho de pasar hambre o purgarse el estómago después de consumir miles de calorías de una sola vez no es un acto consciente… al principio. Puede que no sepas que es algo que se puede diagnosticar o clasificar como un «trastorno alimentario» hasta que tus comportamientos se hayan convertido en un hábito y estén profundamente arraigados.
A los 19 años, en mi segundo curso de la universidad, me acababan de diagnosticar anorexia nerviosa. Estaba increíblemente delgada: con los brazos como palos y sin cintura. No me gustaba cómo me veía, pero me consolaba el hecho de que mi forma de comer (o de no comer) me daba una figura más masculina. No tenía caderas ni pechos. Dejé de tener la regla, así que ya no tenía ese recordatorio mensual tan traumático de que podía tener un hijo.
En aquel momento, no relacionaba mi trastorno alimentario con el hecho de ser trans. Sentía una atracción cada vez mayor por las mujeres, pero no me consideraba lesbiana. Al mismo tiempo, odiaba mi cuerpo de mujer, un cuerpo que traicionaba mis sentimientos más profundos de ser hombre. Mi rechazo hacia mi figura y mi tamaño de mujer me dejaba perpleja y me daba miedo.

Al principio, la anorexia me hacía sentir que conectaba más con mi identidad como deportista. Con fuerza y dedicación, tenía el control total.
Con el tiempo, ya no me sentía como una deportista. Ya no quería mirarme y sonreír por lo que había conseguido. No tenía deseo sexual, ni me atraía nadie, fuera del género que fuera. No me sentía fuerte; me sentía débil y a merced de las voces de mi cabeza que me empujaban a compulsiones inexplicables.
Veinte años después, estoy aquí sentado reflexionando sobre mi decisión de 1998 de ponerme a dieta. Por aquel entonces, era un chaval ingenuo, con cuerpo de mujer y supuestamente heterosexual, del centro del país. Ahora soy un conferenciante y autor de mediana edad, un tío con barba y con mujer. He viajado por todo el país hablando con la gente sobre lo que significa ser trans, cómo se manifiestan los trastornos alimentarios y cómo nuestra imagen corporal se ve influida no solo por lo que nos rodea físicamente, sino también por lo que pasa dentro de nuestras cabezas y por cómo nos tratan los demás.
Una encuesta reciente de The Trevor Project reveló que, de más de 1.000 jóvenes que se identificaban como LGBTQ, a más de la mitad (el 54 %) les habían diagnosticado alguna vez un trastorno alimentario. Además, otro 21 % sospechaba que padecía un trastorno alimentario. La verdad es que no me sorprende que tres cuartas partes de los jóvenes LGBTQ desarrollen trastornos alimentarios. El dolor, la ansiedad, la depresión, la confusión y el acoso que pueden formar parte de crecer siendo LGBTQ pueden llevar a desarrollar mecanismos de defensa poco saludables (como un trastorno alimentario).
Y aunque los trastornos alimentarios pueden ser dolorosos y traumáticos por sí mismos, lo que da aún más miedo es que estén tan estrechamente relacionados con problemas graves de salud mental. El estudio de The Trevor Project reveló que los trastornos alimentarios estaban estrechamente relacionados con las ideas suicidas: el 96 % de las personas a las que se les había diagnosticado bulimia habían pensado en suicidarse, y el 92 % de las personas a las que se les había diagnosticado anorexia nerviosa también habían pensado en suicidarse. Así que, si conoces a un joven (o, en realidad, a cualquier persona de cualquier edad) que padece un trastorno alimentario, es probable que eso no sea lo único por lo que esté pasando.
No te sientas avergonzado ni culpable si estás pasando por un trastorno alimentario. No pienses que no te van a tomar en serio porque no encajas en los estereotipos de cómo se supone que debe ser una persona con un trastorno alimentario, ni que no mereces ayuda.
Te lo mereces, y recuperarte es posible.
Lo que puede dar miedo es encontrar un terapeuta o recursos que apoyen las identidades LGBTQ. Te recomiendo que te pongas en contacto con la Asociación Nacional de Trastornos Alimentarios (NEDA). En su página web encontrarás recursos en diferentes estados que pueden resultarte útiles. Para las personas transgénero y no binarias, también puede ser útil ponerse en contacto con Trans Folx Fighting Eating Disorders (T-FFED).
Si eres amigo de alguien que está pasando por un trastorno alimentario, hazle saber que estás ahí para él o ella. Nunca etiquetes a una persona con un trastorno alimentario. Y nunca hagas comentarios sobre su aspecto físico. Por ejemplo, no digas cosas como: «¡Estás tan delgado! Debes de ser anoréxico».
Simplemente dile: «Estoy aquí para ti. Te quiero. Estoy dispuesto a llevarte a un terapeuta si te apetece ir».
Lo más difícil es dar ese primer paso. Es complicado dar ese primer paso y entrar en una sala donde no te queda más remedio que explorar qué es lo que más te duele, qué parte de ti mismo sientes que tienes que rechazar. Esto puede dar miedo, pero también puede cambiarte la vida.
En mis charlas sobre mi propio trastorno alimentario, siempre digo: «Aunque mi trastorno alimentario casi me mata, en realidad me salvó la vida. Me obligó a hablar de mis sentimientos».
Al explorar mis sentimientos y mi vida, pude encontrar las palabras y los términos que me ayudaron a entender primero mi atracción hacia las mujeres y luego mi identidad transgénero. Pedir ayuda y saber que, por muchos ataques que reciba por ser quien soy, eso no importa. Esta es mi vida y elijo vivirla como un ser humano lleno de amor. Para ello, tengo que seguir esforzándome por quererme a mí misma.
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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor. No reflejan las opiniones ni las posturas de BETA ni de San Francisco AIDS Foundation.