Marlon Riggs revolucionó el mundo del cine documental con su prosa brillante y vívida, y su ferviente activismo por los derechos de los gais: un visionario que usó su cámara para sacar a la luz las experiencias de quienes a menudo se quedan en la sombra. Como hombre negro y gay, no tuvo miedo de explorar las complejidades de la raza, la sexualidad, el VIH y el sida, y lo hizo con una voz audaz y sin complejos. Aunque Riggs falleció por complicaciones relacionadas con el sida a mediados de los noventa, para los hombres negros gais como yo, su obra dice mucho de experiencias que siguen resonando hoy en día.
Nacido en el corazón de Texas en 1957, Riggs creció en un entorno conservador y de clase trabajadora, pero su espíritu anhelaba algo más. Se fue a la Universidad de Stanford, donde estudió cine y el poder de la comunicación, y poco después se lanzó a perseguir sus inquebrantables sueños de expresión artística en Nueva York.
Su obra maestra, «Tongues Untied», publicada en 1989, sigue siendo un testimonio de su valentía y su talento. A través de un entramado de poesía, música y relatos personales, «Tongues Untied» aborda muchos temas: el VIH y el sida, la identidad negra y gay, y las complejidades y contradicciones de la vida en el Castro, la comunidad de San Francisco, predominantemente blanca y gay.
El atractivo irresistible del Castro fue una de las razones principales por las que me mudé a la Bahía de San Francisco hace cinco años. Recuerdo pasear por esas calles estrechas y sentir cómo los edificios —cargados de historia LGBTQ— casi me abrazaban mientras deambulaba. Recuerdo oír risas y música a mi alrededor. Tras unos meses viviendo en la Bahía de San Francisco, empecé a darme cuenta de la arraigada historia de exclusión del barrio.
Hoy en día, la gentrificación del Castro ha contribuido al desplazamiento de residentes de toda la vida, entre ellos hombres negros y gais, que ya no pueden permitirse vivir en el barrio. Cuando miré los precios de las habitaciones en alquiler en el Castro, me di cuenta de que por el mismo precio podría tener mi propio piso en otras zonas de la ciudad. Los hombres negros y gais también pueden sentirse inseguros en el Castro debido a los incidentes de discriminación racial y acoso policial de los últimos años. «¿De verdad quiero ser la próxima persona a la que le nieguen la entrada por llevar trenzas africanas?», me pregunté.
«Oakland es lo más», solían decirme las personas de color. Cuando entrevisté a Mellanique «Black» Robicheaux después de que la nombraran una de las «Grand Marshals» del Orgullo de San Francisco, me contó los retos que tuvo al trabajar con los bares del Castro cuando la invitaban a pinchar. «Querían gente que pusiera la música a la que estaban acostumbrados», recordaba. Eso, y otras microagresiones, es lo que la llevó a aventurarse fuera de la escena del Castro.
Las entrevistas que Riggs hizo en 1989 a residentes negros y gais del Castro sacaron a la luz las contradicciones de la vida en este barrio. Por un lado, el Castro ofrece la promesa de un refugio de comunidad y aceptación para los hombres gais negros, que a menudo se enfrentan al rechazo en otros lugares por su sexualidad. Por otro lado, el barrio no cumple con las expectativas y a menudo puede parecer un lugar hostil, donde la identidad negra de esos mismos hombres puede ser utilizada de forma simbólica e incluso explotada en una cultura que exalta y prioriza la identidad gay blanca.
Lo más sorprendente es que la realidad del Castro que Riggs sacó a la luz hace más de tres décadas apenas ha cambiado hoy en día. El hecho de tener que convivir con estas dos realidades hace que, a veces, el Castro resulte a la vez tentador y aterrador para la gente negra como yo.
En «Tongues Untied» también aparecía uno de mis poetas favoritos, Essex Hemphill. Fue Marlon Riggs quien encontró la manera de plasmar en la pantalla la poderosa narrativa de Essex Hemphill. Essex dijo una vez: «Debemos reivindicar las vidas de todas las personas negras, incluidos los hombres gais negros, en nuestra lucha por la libertad y la justicia», y Marlon Riggs y él estaban increíblemente de acuerdo en este punto, lo que se reflejó en sus colaboraciones artísticas. «Black is… Black Ain’t» (1994), un documental aclamado por la crítica que analiza el significado de la identidad negra en Estados Unidos, fue otra de sus colaboraciones.
Con pasión y determinación, Marlon Riggs usó su influencia para concienciar sobre la epidemia del sida y luchar por los derechos LGBTQ. Marlon Riggs nos dejó «Color Adjustment» (1991), una película que analiza cómo se representa a los afroamericanos en la tele, y «Non, Je Ne Regrette Rien (No Regret)» (1992), un cortometraje que explora las complejidades del deseo y el amor entre hombres gais negros, entre otras obras.
Cuando le dije a a Andrè Bloodstone Singleton, un historiador y artista negro y queer de la zona de la Bahía, que quería dar a conocer la obra de Marlon Riggs, se le iluminó la cara de emoción. «La obra de Marlon nunca recibió la atención que se merecía. Muchos festivales de cine decían que su obra era “demasiado negra” o “demasiado gay”. Mi arte tampoco está hecho para que le vaya bien», añadió. «Se trata de hacer que nuestra sociedad avance poco a poco hacia donde tiene que ir».
Una de las cosas que creo que hemos subestimado mucho en nuestra sociedad es el poder de contar historias. Tenemos que contar nuestras historias con toda su franqueza, hay que recibirlas con el corazón abierto y hay que compartirlas con el resto de la sociedad. Así es como garantizamos los derechos civiles. De hecho, nunca se ha ganado ninguna lucha por los derechos civiles sin documentación.
Marlon Riggs entendía el poder de contar historias, y utilizó sus películas, sus escritos y sus discursos para unir a la gente más allá de las barreras raciales, de orientación sexual y culturales. Aunque falleció por complicaciones derivadas del VIH/sida en 1994, sigue animándonos a trabajar para crear entornos inclusivos y solidarios para todos, y el poder de sus palabras sigue resonando mucho después de que terminen sus películas.