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Me negaron donar plasma después de haber tenido la COVID-19 porque soy queer

18 de agosto de 2020

Cuando cumplí 17 años, doné sangre por primera vez. Como vengo de una familia en la que hay gente con grupos sanguíneos poco comunes, mi tía me insistió mucho en lo importante que era donar con regularidad —lo cual hice cada 56 días hasta que empecé a tener relaciones sexuales y me enteré de la prohibición de por vida de donar sangre para los hombres queer sexualmente activos—. Tantos años después, todavía recuerdo la vergüenza y el estigma que me provocaban esos procedimientos de cribado repetitivos e invasivos que se usan para impedir que los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres donen sangre; las muchas formas en las que me hicieron entender que mi sangre era peligrosa y no valía nada.

Hace poco, tuve el gran disgusto de volver a sentir la misma frustración y rabia cuando me negaron la posibilidad de donar plasma tras recuperarme de la COVID-19. En plena pandemia mundial, cuando los hombres gais que han dado positivo en anticuerpos contra la COVID-19 están dispuestos a dar un paso al frente y donar plasma, es desesperante que los bancos de sangre y los investigadores no estén haciendo todo lo posible por eliminar y superar las políticas de donación de sangre discriminatorias y obsoletas. 

Aunque me cuesta saberlo con certeza, creo que me contagié de COVID-19 a finales del invierno de este año, antes de que supiéramos que el COVID-19 ya se estaba propagando por todo Estados Unidos. Tenía los síntomas típicos —tos y fiebre—, pero pensé que solo era un resfriado o quizá la gripe, y nunca me hice la prueba de COVID-19 mientras tenía los síntomas. Por entonces no había pruebas disponibles. No fue hasta principios de mayo cuando decidí hacerme la prueba de anticuerpos contra la COVID-19, y no me sorprendió que el resultado fuera positivo. 

Cuando me dieron los resultados positivos de la prueba de anticuerpos, lo primero que se me ocurrió fue donar plasma para uno de los estudios de investigación que se están llevando a cabo en la Universidad de California, San Francisco (UCSF). Los investigadores de allí buscaban (y siguen buscando) buscaban a personas que se hubieran recuperado de la COVID-19 para donar plasma con el fin de estudiar terapias y tratamientos contra la COVID-19, vacunas y para hacer un seguimiento de la propagación del virus. 

Apuntarme para participar me pareció lo correcto. Saber que yo, una persona latinx y queer, tengo anticuerpos —que podrían ayudar a otras personas— me hizo sentir la necesidad de hacer algo. En lugar de quedarme en casa, sintiéndome impotente ante esta horrible situación que todos estamos viviendo, podía contribuir de alguna manera. 

Entré en la página web del centro de donación de sangre que aparecía en la web del estudio de la UCSF, Vitalant. Leí el cuestionario y ahí estaba, la pregunta número 4: «En los últimos 12 meses, ¿eres un hombre que ha tenido contacto sexual con otro hombre?» Esas experiencias y sentimientos de mi juventud volvieron a mi mente de golpe. La pregunta no solo era totalmente binaria en su concepción del género y el sexo, sino que además estaba anclada en el pasado. Había otras preguntas sobre todo tipo de cosas, desde mi historial de viajes hasta el consumo de drogas inyectables o las vacunas recientes, pero fue la número 4 la que me hizo saltar las alarmas. Una reliquia homófoba del pasado.

Aunque la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) haya relajado esta primavera las restricciones para que los hombres gais puedan donar sangre ante la urgente necesidad de donaciones de sangre, el centro de donación de sangre con el que trabaja la UCSF aún no había incorporado estos cambios a su protocolo. Así que, en lugar de preguntarme si había tenido relaciones sexuales con otro hombre en los últimos tres meses (no las había tenido), me preguntaron por mi historial sexual del último año. 

Le mandé un correo al investigador para explicarle la situación y preguntarle si aún así podría ser un buen candidato para donar plasma, ya que cumplía los nuevos criterios de donación de sangre especificados por la FDA. A cambio, recibí una respuesta seca en la que me explicaban que el estudio aplicaba el mismo periodo de exclusión de 12 meses que Vitalant. 

Otros miembros de la comunidad y médicos especialistas en VIH han expresado su preocupación por el hecho de que Vitalant por mantener la norma de un año de abstinencia para que los hombres gais puedan donar sangre, ya que esta política restringe innecesariamente un suministro de sangre cada vez más escaso y fomenta prácticas discriminatorias.

Seamos claros: las prohibiciones que impiden que los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres donen sangre son discriminatorias y no se basan en la ciencia del VIH. Da igual si la prohibición de mantener relaciones sexuales es de 12 meses o de tres meses. Ambas son injustas. Hemos avanzado mucho desde el apogeo de la epidemia del sida, cuando el miedo dominaba nuestras respuestas, las pruebas del VIH estaban en pañales y se sabía muy poco sobre la transmisión y los riesgos del VIH. Ya es hora de que las directrices sobre la donación de sangre se adapten a los conocimientos científicos sobre el VIH y reflejen el comportamiento, no la identidad. 

Si fuera heterosexual (y sí, los heterosexuales también pueden contraer el VIH), podría donar sangre de todos modos, independientemente de mi actividad sexual en los últimos tres meses, sin importar cuántas parejas haya tenido, ni si he usado condones, ni si sigo el principio « PrEP » o «U=U». 

Las personas queer pueden casarse en California y hay muchas leyes que protegen nuestros derechos. Pero la prohibición de donar sangre no es más que otro recordatorio de que, a día de hoy, las personas LGBTQ siguen sin ser ciudadanos de pleno derecho y en igualdad de condiciones en EE. UU.