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Cómo descubrí las lecciones universales de los programas de recuperación

20 de junio de 2024

Ir a una reunión del programa de recuperación no era lo mío, o al menos eso creía, pero acepté ir por mi amigo, que se mantenía fiel a su compromiso de llevar una vida sobria. Fui para darle apoyo, como un aliado silencioso en segundo plano.

Me senté en la última fila de sillas plegables y escuché cómo la sala vibraba con un espíritu colectivo de resiliencia, un coro de historias que, aunque únicas en los detalles, compartían un hilo conductor universal de lucha y fortaleza. A través de los relatos de batallas perdidas y ganadas, de compromisos diarios con la sobriedad y de pequeñas victorias que se convertían en triunfos monumentales, me di cuenta de que estos principios no se limitaban al contexto de la adicción. 

Lo que se ponía de manifiesto en cada reflexión eran los principios de aceptación y gratitud, piedras angulares de la filosofía de la recuperación, que no solo servían para superar la dependencia de sustancias, sino que eran los pilares fundamentales para construir una vida llena de satisfacción y con un propósito. 

Durante toda esa hora, me puse a reflexionar sobre mi propia vida, sobre los vicios y hábitos a los que yo también me aferraba, quizá no con la ferocidad de una adicción, pero sí con la tenacidad suficiente como para hacerme parar a pensar. Me di cuenta de que cada uno tiene sus propias batallas y de que la fuerza para enfrentarlas puede venir de donde menos te lo esperas.

La aceptación, como aprendí, era el primer paso: no solo para reconocer que hay un problema, sino para aceptar todo el recorrido de nuestra vida, con sus defectos e imperfecciones. Se trataba de reconocer que, aunque no podamos controlar todas las circunstancias, sí podemos elegir cómo reaccionar ante ellas. 

Allí, brotando como malas hierbas entre las grietas de una acera, me quedó claro que había muchas cosas que aún no había aceptado. Quizá que mi ex, Karl, no pudiera quererme como yo quería que me quisieran, o que la fastidiara en una entrevista y no consiguiera el trabajo que quería, o que un amigo ya no formara parte de mi vida.  

Pero la aceptación es una revolución silenciosa, un levantamiento personal contra la tiranía de nuestras propias expectativas. No grita; susurra. Fue en los susurros de aquella reunión del programa de recuperación donde encontré el valor para empezar mi propia revolución. La aceptación que presencié no era una resignación pasiva, sino un compromiso activo con la vida tal y como es, no como nos gustaría que fuera. Era un compromiso para seguir adelante, para hacer las paces con el pasado y dejar que se convirtiera en el abono que nutre los nuevos comienzos. Se trataba de elegir responder a la imprevisibilidad de la vida con elegancia y resiliencia, de encontrar la fuerza para soltar lastre y de tener fe en el terreno fértil del momento presente.

La gratitud se reveló entonces como la poderosa contrapartida de la aceptación. Al compartir las listas de gratitud, en las que los miembros contaban las cosas por las que se sentían agradecidos cada día, vi una práctica sencilla pero profunda que podía transformar nuestra perspectiva. La gratitud era la luz capaz de atravesar los momentos más oscuros, revelando la belleza y el valor en los lugares más inesperados.