Asco. Rabia. Desolación. Derrota. Estas son algunas de las palabras que se oyen en la comunidad de reducción de daños cuando la gente describe cómo se sintió al enterarse de que el gobernador Newsom vetó el proyecto de ley SB 57. El SB 57 habría permitido poner en marcha programas de prevención de sobredosis en San Francisco, Los Ángeles y Oakland.
Me pregunto cuántas personas más tendrán que morir para que el gobernador Newsom haga algo. Porque, al parecer, que cada día mueran dos o tres personas por sobredosis en San Francisco no es suficiente. Al parecer, que cada año perdamos a unos 5.500 californianos por sobredosis (y la cifra sigue subiendo) tampoco es suficiente.
Me pregunto cuántas familias se van a romper, cuántos niños van a crecer sin padres, cuántas esposas se van a quedar viudas. ¿A cuántas personas más voy a tener que perder?
Cuando empecé a trabajar en la divulgación de la reducción de daños en el Tenderloin, repartiendo material para un consumo y unas relaciones sexuales más seguras, recuerdo que pensé: «Esto parece una zona de guerra». Claro que ahora me doy cuenta de que, más o menos, es una zona de guerra. Son las secuelas de la guerra contra las drogas. Las calles de gran parte de San Francisco parecen como si les hubieran tirado una bomba, como si la pobreza fuera un ataque con drones de algún enemigo invisible. Tanta gente con heridas abiertas, gritando al abismo en busca de quién sabe qué, algo, cualquier cosa que cambie, que haga desaparecer su dolor, buscando desesperadamente algo que transforme —que salve— sus vidas.
El gobernador Newsom ha vetado un proyecto de ley por cuya aprobación han estado trabajando sin descanso durante años los consumidores de drogas y los activistas y defensores de la reducción de daños. Su decisión es, a falta de una palabra mejor, repugnante.
Esto huele a política, y su defensa del veto carece de críticas legítimas a los programas de prevención de sobredosis. Este proyecto de ley ofrecería a la gente un lugar seguro donde consumir sus sustancias, con profesionales sanitarios y compañeros de apoyo listos para intervenir en caso de sobredosis. Hay datos abrumadores, tanto a nivel mundial como ahora incluso a nivel nacional, que demuestran, sin lugar a dudas, que estos programas funcionan. Nunca se ha documentado ni un solo caso de muerte por sobredosis en ninguno de los cientos de centros que hay por todo el mundo.
Claro, no todas las personas que consumen drogas irían necesariamente a estos centros para consumir, pero algunas sí lo harían. Y cada vida que se salva cuenta. Además, se ha demostrado que estos centros reducen la cantidad de jeringuillas y otros residuos relacionados con las drogas en las ciudades; que reducen las tasas de transmisión del VIH y de las ITS al ofrecer jeringuillas nuevas en el propio centro a quienes las necesitan; y que también sirven como punto de acceso para derivar a quienes lo deseen a tratamientos para el consumo de sustancias.
El gobernador Newsom dice que permitir que funcionen los programas de prevención de sobredosis abriría, de alguna manera, una caja de Pandora llena de consecuencias inesperadas y peligrosas; pero no se da cuenta de que ya vivimos en un mundo lleno de dolor y caos.
En San Francisco y Oakland, estoy acostumbrado a ver a gente consumiendo sustancias abiertamente en público, en las estaciones de transporte público, en la acera. Estoy acostumbrado a pasar junto a docenas, a veces cientos, de personas tumbadas en el suelo en posturas encogidas y poco naturales. A menudo no sé si están vivos, sobre todo si están bajo una manta, un saco de dormir o una lona. Suelo parar unos segundos para asegurarme de que siguen respirando. Y si respiran muy débilmente, o si la postura en la que están parece muy incómoda, a veces los despierto solo para asegurarme de que están bien. Llevo Narcan, el medicamento que salva vidas y revierte las sobredosis de opiáceos, en un mosquetón enganchado a la cintura allá donde voy. He tenido que revertir sobredosis de camino al trabajo, a eventos sociales o al supermercado. A menudo hay desconocidos que me preguntan si les puedo enseñar a usarlo.
Esto no debería ser nuestra realidad.
Es hora de confiar en los datos, pasar a la acción y salvar vidas. Pone en marcha ya los programas de prevención de sobredosis.