La primera vez que oí hablar de la Era McCarthy fue en las páginas amarillentas de mis libros de historia del instituto. El alarmismo y la intolerancia se apoderaron de Estados Unidos, lo que dio lugar a campañas fervientes para purgar los libros que se atrevían a abordar temas «inapropiados». Los libros que trataban sobre sexualidad, género, identidades LGBTQ+ y mucho más fueron barridos de las estanterías, impulsados por una maquinaria de censura.
Décadas después, parece que aquellos tiempos no han quedado tan lejos. Solo tienes que mirar a tu alrededor: el espíritu de la represión y el borrado sigue más vivo que nunca, y aún nos persigue.
Ante los crecientes intentos de prohibir en colegios y bibliotecas los libros que cuentan historias queer y de grupos poco representados, me veo obligada a alzar la voz contra este peligroso ataque a nuestras historias, nuestras identidades y nuestra propia humanidad. Como escritora y persona negra queer, he vivido en primera persona el poder transformador de verte reflejada en las páginas de un libro. A veces, el lugar más seguro en el que me siento en un mundo que puede resultar alienante para mis identidades es entre las páginas de un libro. Sin embargo, hay fuerzas que trabajan sin descanso para borrar estas experiencias humanas que tanto necesito para enriquecer mi alma. Y, sin duda, sus esfuerzos están dando resultado…
PEN America informa un aumento del 33 % en los libros prohibidos en el curso 2022-23, siendo los temas LGBTQ+ uno de los principales objetivos. La Asociación Americana de Bibliotecas ha constatado un aumento del 92 % en la censura de títulos en las bibliotecas públicas, siendo los contenidos LGBTQ+ los más cuestionados. Entre las obras que se prohíben con más frecuencia se encuentran aquellas que retratan las vidas sinceras, llenas de amor y auténticas de la gente corriente.
Tal y como se explica en un artículo de opinión del NYT titulado «Hay más de una forma de prohibir un libro», la amenaza de la censura está afectando incluso a la selección de los libros que llegan a publicarse. Por miedo a la polémica, a las reacciones negativas o al impacto económico que supondría que un título fuera cuestionado o retirado de las estanterías, las editoriales revisan y descartan manuscritos con temas o personajes LGBTQ+. Los editores, como guardianes del proceso editorial, tienen el poder de frenar el flujo de historias que llegan, impidiendo que los libros tengan siquiera la oportunidad de demostrar su impacto antes de que se les dé voz. Y esta dinámica puede llevar a los autores LGBTQ+ a preguntarse: «¿Debería siquiera intentar contar mi historia?».
Sin la valentía de los autores queer, no tendríamos *Pedro and Me*, la autobiografía gráfica de Judd Winick ambientada en San Francisco y que cuenta su amistad con Pedro Zamora, un joven gay con sida. Por su descripción sincera de la vida de Pedro y de la realidad de la epidemia del sida, esta obra conmovedora y educativa ha sido objeto de repetidas críticas y prohibida.
La historia de Pedro no es nada de lo que avergonzarse. Es inspiradora. Cuando prohibimos libros sobre el VIH y el sida, privamos a nuestras comunidades de la oportunidad de aprender sobre la enfermedad, entender su historia y escuchar relatos escritos con honestidad y compasión. De hecho, prohibir las historias sobre el VIH y el sida supone dar marcha atrás en las victorias que tanto nos ha costado conseguir en las últimas décadas. Aunque solo hace poco que empezamos a ver representaciones más diversas y auténticas de las personas que viven con el VIH en los medios y la literatura, borrar estas historias de las estanterías amenaza con echar por tierra todo este progreso.
Valentina Gómez, una republicana que se autoproclama partidaria de «America First», prendió fuego con un lanzallamas a unos libros inclusivos con la comunidad LGBTQ+ como parte de su campaña para secretaria de Estado de Misuri. Este impactante acto de censura y odio forma parte de una tendencia más amplia y peligrosa. Transmite a las comunidades queer el mensaje de que aquellas partes de nosotros mismos que no podemos cambiar no merecen dignidad ni respeto.
(Quiero decir que me da un atisbo de esperanza que una candidata así apenas haya llegado a lo más alto de la competición, con solo el 7,4 % de los votos en las primarias.)
Tenemos que votar y presionar a nuestros representantes políticos para que protejan las historias queer y de los colectivos menos representados, y para que se produzca un cambio. Llama a tu biblioteca y pregunta si tienen libros sobre el VIH y el sida que hayan sido objeto de protestas, como Pedro y yo , siguen disponibles. Haz una donación para ayudar a las bibliotecas a resistir la presión de retirar este tipo de obras. Y comparte en las redes sociales los libros con historias poco representadas que te inspiren, recomiéndalos a otras personas y aboga por que se incluyan en los planes de estudios de los colegios.
La lucha por la representación LGBTQ+ está lejos de haber terminado. Pero ante la creciente censura, recordemos las palabras de la gran Audre Lorde: «Tu silencio no te protegerá». Alzemos la voz, compartamos nuestras historias y luchemos con todas nuestras fuerzas para asegurarnos de que nuestros relatos sigan en esas estanterías, en esos colegios y en manos de todos los que más los necesitamos.