Si alguna vez te has preguntado cómo es un anciano negro, queer y con mucho carácter, tienes que conocer a Joe Hawkins.
Quizá lo conozcas como el fundador de Oakland Pride, que ayudó a esta bulliciosa e independiente ciudad a salir de la sombra de San Francisco y a llenar sus calles de colores del arcoíris, con gente queer ataviada de purpurina y desfilando con garbo. Dependiendo de tus círculos sociales, quizá también conozcas a Joe Hawkins como el fundador del Blatino Oasis, un refugio en Palm Springs para hombres negros y latinos.

Pero a lo largo del año, a Joe lo puedes encontrar casi siempre en el Centro LGBTQ de Oakland, que él mismo cofundó y que ahora dirige como director ejecutivo. Es aquí donde trabaja para reducir las desigualdades a las que se enfrenta la comunidad queer a la hora de acceder a servicios esenciales de salud y bienestar.
En los años 90, Joe se dio cuenta de que las personas negras del condado de Alameda, en California, tenían tenían cinco veces más probabilidades que los blancos y los latinos a contraer el VIH. Sorprendentemente, estas cifras apenas han variado en décadas. Datos más recientes indican que, a pesar de que solo representan el 13,5 % de los 1,5 millones de habitantes del condado, la población negra sigue representando casi la mitad de todos los casos de VIH. Joe vio cómo sufría su comunidad y quiso crear sistemas para atender mejor las necesidades que no se estaban cubriendo.
La zona de la Bahía fue en su día el epicentro de la epidemia del sida, pero hoy en día la enfermedad ya no es una sentencia de muerte y las tasas de infección han bajado mucho. Cada vez son más los responsables de salud pública que defienden la idea de que una generación libre de sida podría estar al alcance de la mano. Sin embargo, en algunas zonas del país, como bien sabe Joe, el VIH sigue causando estragos en las comunidades. De hecho, la tasa de VIH entre los hombres negros gais y bisexuales en EE. UU. es más alta que en cualquier otro país del mundo.
Si pudiera ponerle un apodo más a Joe Hawkins, sería «el Robin Hood de los hombres negros queer de Oakland». Como cofundador y director general del Centro LGBT de Oakland, desde 2017 y en solo cuatro años, Joe Hawkins ha hecho crecer la organización, pasando de ser una pequeña campaña que partía de cero a convertirse en una organización de servicios comunitarios en toda regla valorada en varios millones de dólares. Ha reunido fondos de empresas, fundaciones y el gobierno, además de donaciones de personas como tú y como yo, para financiar programas como una clínica de salud sexual y atención primaria, grupos de apoyo, grupos de recuperación, un banco de alimentos, una biblioteca y mucho más.
San Francisco AIDS Foundation también ha colaborado en esta labor, y las organizaciones han creado una alianza que abarca ambas bahías para ofrecer mejores recursos de salud sexual y prevención del VIH en la East Bay. Las dos organizaciones suelen compartir buenas prácticas y, últimamente, han estado hablando de cómo mantener los servicios a pesar de los retos que plantea la COVID-19.
Le pregunté a Joe: «¿De dónde sacas energía para hacer tantas cosas?». Le han hecho esa pregunta muchas veces. Para Joe, sus propias dificultades personales solo le han hecho perseverar con más valentía para luchar por la salud y el bienestar de su comunidad. Él sabe de primera mano cómo las ideas y los sistemas opresivos impiden que muchas personas LGBTQ seamos nosotros mismos y vivamos nuestras vidas felices.
Cuando Joe era mucho más joven y antes de que se identificara como gay, tuvo un hijo con su novia del instituto. Tras separarse, por desgracia, la madre de su hijo murió en un incendio. La familia de su exnovia no podía ni imaginarse que un supuesto «maricón» fuera padre en solitario, ya que veían su orientación sexual como una perversión de la imagen de Dios. En lo que acabó siendo una pelea que se desató justo después del funeral, la familia le dejó marcas en los brazos a Joe mientras intentaban llevarse a su hijo. Joe se largó a toda velocidad en su coche, pero no pudo evitar las demandas judiciales que también le perseguirían.
La historia incluso hizo que lo invitaran al programa de Oprah Winfrey! Con tiempo y esfuerzo, las cicatrices de los brazos de Joe se curaron y, al final, ganó la batalla legal para poder criar a su hijo. La experiencia le marcó profundamente y se comprometió a dedicar toda su energía y pasión a ayudar a otras personas queer que sufren amenazas similares contra su dignidad, su salud y sus vidas.
Joe siguió adelante con valentía, superando sus miedos para inspirar a millones de personas. Pensó que sanar a nuestra comunidad sería una de las formas en las que él mismo podría sanarse.