Negro, gay y activista por el clima. Estas identidades definen quién soy. Con el tiempo y la práctica, cada vez me resulta más fácil ver todas las formas en que estas identidades se combinan para dar forma a la perspectiva desde la que me veo a mí mismo y al mundo.
Cuando llegué a la mayoría de edad a principios de la década de 2000, no podía dejar de ver esas imágenes alarmantes de la pérdida de hábitats y el retroceso de los casquetes polares que Google Earth ponía a nuestro alcance con tanta claridad. Era como estar sentado frente a mi ordenador de sobremesa, tan anticuado, con conexión a Internet por módem que parecía invocar los sonidos del diablo, mientras contemplaba nuestro planeta azul, verde y nublado desde la perspectiva de un astronauta que viajaba en el tiempo. Pero, ¿qué nos depararía el futuro? Esa fue mi primera pregunta. Luego añadí: ¿qué significa ese futuro concretamente para la gente negra? ¿Y para la gente queer? ¿Y para todas aquellas personas que ya están marginadas por nuestra sociedad?
Estudio tras estudio se ha demostrado que las comunidades marginadas serán las más afectadas por el cambio climático. El contexto social —la edad, el género, la raza, la pobreza, la educación y la salud— interactúa para determinar quiénes serán los que más sufrirán por el aumento de las temperaturas globales.
La lucha por un mundo más sostenible va de la mano de la lucha por la equidad entre las comunidades que conviven con el VIH y el sida. No podemos olvidarnos de tener en cuenta el contexto específico del VIH y el sida a la hora de abordar el cambio climático.
Hay muchos ejemplos de cómo el cambio climático afecta a la salud. Por ejemplo, los cambios en nuestro entorno provocados por el cambio climático pueden agravar el asma, una enfermedad respiratoria que se da con mayor frecuencia entre las personas que viven con el VIH y el sida. Debido al cambio climático, el asma se ha convertido en una de las principales enfermedades crónicas en Estados Unidos. El aumento de las temperaturas y la humedad crea un entorno ideal para que prosperen el moho y el polen, mientras que los incendios forestales hacen que suban los niveles de contaminantes atmosféricos como el ozono y las partículas en suspensión. Estos cambios no harán más que agravar las ya difíciles condiciones ambientales para quienes padecen asma.
Las tasas de asma entre las personas que viven con el VIH y el sida podrían ser el doble que las de la población general, según un informe publicado en la revista «Journal of Allergy and Clinical Immunology». El propio aire que respiramos se convierte en un campo de batalla, ya que el cambio climático favorece la proliferación de alérgenos, a los que las personas que viven con el VIH y el sida pueden ser más sensibles.
El impacto del asma va más allá de los síntomas físicos. El asma provoca un aumento de los gastos sanitarios, bajas laborales y una disminución de la productividad. Estos costes económicos pueden ser devastadores, sobre todo para las personas con menos seguridad económica, a las que quizá ya les cueste mucho poder permitirse los medicamentos y tratamientos necesarios para controlar cualquier problema de salud que ya tengan.
Y lo que puede preocupar aún más a quienes padecen enfermedades preexistentes es cómo los científicos han relacionado el cambio climático con el riesgo de que aumenten las enfermedades. «Sabemos que el 58 % de las enfermedades infecciosas a las que se enfrenta la humanidad en todo el mundo se han visto agravadas en algún momento por fenómenos climáticos extremos», según un informe publicado en *Nature*. Aún queda mucho por investigar sobre hasta qué punto somos vulnerables a las enfermedades patógenas que se ven afectadas por el cambio climático.
La relación entre el cambio climático y la equidad en materia de VIH y sida se hace aún más evidente cuando pensamos en cómo las comunidades de color, que tienen tasas más altas de VIH y sida, son también las que corren mayor riesgo de verse afectadas por el cambio climático. La EPA publicó hace poco un informe pionero que analizaba la justicia medioambiental y los factores sociales y reveló que las personas negras y latinas de EE. UU. se ven afectadas de forma desproporcionada por el cambio climático, y son más propensas a sufrir cambios en la calidad del aire y temperaturas extremas, a que los trabajadores expuestos a las inclemencias meteorológicas vean alteradas sus condiciones laborales, y a que sus propiedades se vean amenazadas por inundaciones.
«Cuando la vida ya es dura para las comunidades marginadas, no necesitamos nada que empeore aún más estas condiciones», dijo Vanessa Raditz (ellos/ellas), cofundadora del Queer Eco-Justice Project y estudiante de posgrado en la Universidad de Georgia.
Como demuestran los alarmantes informes anuales del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, hay que actuar ya, y negar esta realidad causa un daño directo. Quizá la ciencia no le importe a gente como Ann Coulter, que suelta comentarios homófobos como: «No creo que el huracán Harvey sea un castigo de Dios por haber elegido Houston a una alcaldesa lesbiana. Pero eso me parece más creíble que el “cambio climático”».
Independientemente de si la gente decide «creérselo» o no, el impacto que está teniendo en las comunidades es cuantificable.
El cambio climático planteará preguntas interesantes sobre cómo les afectará la crisis a las personas que viven con el VIH y el sida, dijo Raditz. «¿En qué sentido la violencia contra la tierra también supone violencia contra nuestros cuerpos? ¿Cómo han podido acceder históricamente las personas queer y trans a los sistemas sanitarios, si estos sistemas no nos atienden? ¿Qué recursos habrá disponibles para ayudarlas? ¿Qué recursos no habrá disponibles para ayudarlas?»
La complejidad complica la solución, y cualquier respuesta requiere un análisis minucioso de cómo está construida nuestra sociedad. Dejar de usar bolsas de plástico, apostar por la agricultura comunitaria, reducir el consumo de energía y agua, y todas esas cientos de formas de «ser más ecológicos» son importantes, pero también tenemos que abogar por un cambio sistémico e institucional para construir un mundo más sostenible y equitativo. Al hacerlo, también protegemos a quienes viven con el VIH y el sida, y a todas las demás personas que se han visto en una situación de vulnerabilidad.
Todos los datos disponibles nos recuerdan la urgente necesidad de tener en cuenta la interrelación entre la salud pública y los movimientos climáticos, y de actuar en consecuencia para abordar las desigualdades en materia de salud y fomentar la resiliencia en las comunidades vulnerables. La Fundación Astrea ha ha lanzado una convocatoria de propuestas relacionadas con la justicia climática para las comunidades queer, trans e intersexuales en EE. UU. Más fundaciones podrían seguir el ejemplo de la Fundación Astrea y destinar recursos para abordar la brecha crítica que existe entre las comunidades queer y el cambio climático.
Organizaciones como @QueersforClimateJustice, Southerners on New Ground, OUT for Sustainability, Nuestras voces por el clima, y Raíces entrelazadas se encuentran en la encrucijada de un montón de cuestiones sociales, medioambientales y de salud. «Necesitan nuestro apoyo», dice Vanessa, animándonos a pasar a la acción. Cada una de estas organizaciones ofrece recursos, contenidos en vídeo y posibles ponentes y formadores para ayudarnos a desarrollar un movimiento por la justicia climática que sea totalmente inclusivo.