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Una reflexión tras 40 años de VIH

2 de junio de 2021

Cuesta creer que ya hayan pasado 40 años. El 5 de junio de 1981, el Informe Semanal de Morbilidad y Mortalidad (MMWR) de los CDC publicó un resumen sobre cinco «homosexuales activos» que habían recibido tratamiento por un tipo raro de neumonía en Los Ángeles: el primer informe de lo que acabaría conociéndose como el sida. Hemos perdido tantas vidas —más de 30 millones de personas en todo el mundo— en los últimos 40 años. 

Ahora, al conmemorar este triste aniversario, es el momento de recordar a todas las personas que hemos perdido, y también la historia que no debemos olvidar. Es imposible abarcar toda la historia, pero aquí te cuento un poco de la mía: la primera vez que vi el famoso MMWR, la llamada que recibí del Dr. Marcus Conant sobre pacientes con el sarcoma de Kaposi, y todo lo que condujo a la fundación de San Francisco AIDS Foundation. 

En enero de 1980, el presidente de la Asamblea del Estado de California me contrató para trabajar como asistente legislativo del Grupo Parlamentario Demócrata y me mudé de San Francisco a Sacramento. Tenía 25 años, muchas ganas de hacer política y estaba ilusionado con esta oportunidad profesional. Me había recomendado para el puesto el entonces diputado Art Agnos, que más tarde llegaría a ser alcalde de San Francisco. Irónicamente, Agnos había derrotado a mi primer mentor, Harvey Milk, muchos años antes en una reñidísima contienda por representar al distrito 16.º distrito de la Asamblea de la ciudad. 

Me asignaron a la Comisión de Salud de la Asamblea, donde mi trabajo consistía en analizar proyectos de ley y asesorar a los miembros demócratas de la comisión. La mayoría de las leyes no eran polémicas, pero de vez en cuando había algún proyecto de ley que suscitaba gran controversia. También redactaba discursos para varios diputados. Como no tenía experiencia previa en temas de salud pública, dedicaba cada minuto libre a leer y estudiar las distintas revistas especializadas en salud pública que llegaban por correo a nuestra oficina cada semana. Entre ellas estaba el «Morbidity and Mortality Weekly Report» de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Atlanta. 

Echaba de menos San Francisco y no me podía permitir un coche, así que casi todos los viernes cogía el autobús de Greyhound para volver a la bahía y regresaba al Capitolio el lunes. Esa primera semana de junio volví a la oficina y empecé a hojear la pila de revistas que tenía en el escritorio. Eché un vistazo a la portada del número del 5 de junio del MMWR y me llamaron la atención las primeras frases del primer artículo: «Entre octubre de 1980 y mayo de 1981, cinco jóvenes, todos ellos homosexuales activos, fueron tratados por una infección confirmada mediante biopsia por Pneumocystis carinii confirmada mediante biopsia en tres hospitales diferentes de Los Ángeles, California. Dos de los pacientes fallecieron». Recorté el artículo y lo pegué en el tablón de corcho que hay sobre mi escritorio. 

Al día siguiente volví a leer el artículo una y otra vez, buscando alguna pista en ese texto seco, impasible y sin emoción. No había ninguna. Esa noche no pude dormir. No dejaba de recordar fragmentos de conversaciones que había oído en los últimos meses sobre otros chicos de mi edad que estaban enfermos con algún tipo de neumonía o meningitis, o enfermedades de las que nunca había oído hablar antes. Un mes después, el New York Times publicó un artículo titulado «Se detecta un cáncer raro en 41 homosexuales», en el que se describían grupos de hombres gais de Nueva York y California que padecían el sarcoma de Kaposi y Pneumocystis carinii. 

Más adelante, ese mismo verano, volví a San Francisco para trabajar en la oficina de distrito del diputado Agnos, cuyo distrito abarcaba la calle Castro, South of Market, la calle Polk, la calle Haight y otros barrios con una gran cantidad de lo que hoy se conoce como personas LGBTQ. Agnos formaba parte de la influyente Comisión de Medios y Arbitrios, que controlaba la financiación estatal. Esa sería la razón por la que recibí una llamada del Dr. Marcus Conant, un dermatólogo del Centro Médico de la Universidad de California en San Francisco. El doctor Conant tenía pacientes con sarcoma de Kaposi. 

El Dr. Conant me llevó a cenar al Zuni Café y me explicó con calma su teoría sobre el creciente número de casos. Pensaba que probablemente se debía a un virus que aún no se había identificado, que seguramente se transmitía por contacto sexual, que debilitaba el sistema inmunológico del cuerpo y que, si no se descubrían tratamientos, resultaría mortal. Le dije: «Si tienes razón, entonces todos vamos a morir».

Al día siguiente hablé con mi jefe. Art Agnos, hijo de inmigrantes griegos, se había esforzado mucho por ganarse la confianza de la comunidad gay tras la dura campaña electoral contra Harvey Milk, y había presentado proyectos de ley para proteger a la gente de la discriminación laboral por orientación sexual. Harvey había sido asesinado apenas tres años antes, la homosexualidad seguía siendo ilegal en la mayoría de los estados y la opinión pública sobre las personas LGBTQ era abrumadoramente negativa. Agnos escuchó mis temores y me dijo que me tomara todo el tiempo que necesitara para hacer todo lo posible por identificar esta nueva amenaza y organizarnos para hacer frente al reto. El Dr. Conant insistió en que esto requeriría una inversión de cientos de millones de dólares y la creación de una infraestructura social y médica que era inconcebible en aquel momento. «Vamos a necesitar una fundación y clínicas para financiar la investigación y atender a los pacientes. Esto se está extendiendo, no hay tiempo que perder», repetía el Dr. Conant a todo el que quisiera escucharle. 

El Dr. Conant, junto con el Dr. Paul Volberding, del Hospital General de San Francisco, y otras personas, fundaron la Fundación para la Investigación y la Educación sobre el Sarcoma de Kaposi a principios de 1982. Alquilamos dos habitaciones pequeñas en la primera planta de un edificio en la manzana 500 de la calle Castro. Recuerdo el día en que nos instalaron el teléfono. El técnico de la compañía telefónica se marchó y el teléfono empezó a sonar. Cuatro décadas después, sigue sonando. 

En 1985 parecía que casi todos los que conocía estaban muertos, moribundos o cuidando a alguien que se estaba muriendo. La Fundación KS se convirtió en la « San Francisco AIDS Foundation ». Marchamos, presionamos, formamos parte de ACT UP, cosimos colchas, recaudamos fondos, nos detuvieron, nos enfrentamos a los políticos, transformamos la investigación médica, cuidamos a los enfermos y consolamos a los moribundos. Hicimos todo lo que pudimos para luchar contra la enfermedad y defender a las comunidades que estaban bajo ataque. Fue una época de pérdidas espantosas, terror y miseria y, sin embargo, de alguna manera, nos levantamos para afrontar el reto.

Esto es en lo que estoy pensando hoy, mientras conmemoramos el 40.º aniversario de los primeros casos documentados de sida. Espero que tú también te tomes un momento para pensar en todo lo que hemos perdido y también en lo que aún queda por hacer para luchar contra el VIH hoy en día.