Hepatitis C: curso natural y tratamiento
por Liz Highleyman
Adaptación y traducción de Christopher Gortner
La hepatitis C es ocasionada por un virus. La mayoría de las personas
infectadas por el virus de la hepatitis C (VHC) desarrolla hepatitis
crónica, la cual puede resultar en fibrosis y cirrosis hepática, cáncer
hepático, y finalmente, insuficiencia hepática mortal. A pesar de que se
ha documentando una reducción en la incidencia de nuevas infecciones por
el VHC, se calcula que alrededor de 4 millones de personas en los Estados
Unidos están infectadas. Muchas de estas personas desarrollarán afecciones
hepáticas como resultado de la enfermedad, cuya progresión y manifestación
de síntomas puede tardar incluso décadas.

El virus de la hepatitis C
Hepatitis es un término general que describe la inflamación del hígado,
afección que puede ser ocasionada por virus, toxinas, medicamentos u otros
factores. El VHC fue identificado por primera vez en 1989. En el pasado,
la enfermedad se conocía como hepatitis no A / no B. El VHC es miembro
de la familia Flaviviradae y no está relacionado con otros virus
identificados de la hepatitis. El VHC es un virus ARN con tendencia a
experimentar rápidas mutaciones.
Existen al menos seis genotipos y numerosos subtipos del VHC. Los
distintos subtipos tienen diferentes distribuciones geográficas y están
asociados con diferentes incidencias de progresión patogénica, severidad y
reacción al tratamiento. En conjunto, los subtipos 1a y 1b son
responsables de casi tres cuartos de todas las infecciones por VHC en los
EE.UU.
Puesto que el virus desarrolla mutaciones tan rápidamente, el sistema
inmunológico generalmente no puede erradicar el VHC y la infección se hace
crónica en alrededor del 70% de las personas expuestas. Por razones que
todavía no se comprenden, una minoría de las personas infectadas logran
eliminar el virus, aunque permanecen positivas a los anticuerpos VHC. La
variabilidad genética del virus es un obstáculo para el desarrollo de una
vacuna eficaz. El VHC tiene que penetrar células del hígado para llevar a
cabo su ciclo de vida; cuando consigue infectar estas células, el virus
toma control de los ribosomas celulares para su reproducción, lo cual
termina destruyendo la célula huésped.

Epidemiología del VHC
La epidemia silenciosa
En los últimos años se ha establecido que la hepatitis C es bastante
común entre la población estadounidense, con una incidencia cuatro veces
mayor que el VIH. Los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades
(en inglés: CDC) calculan que al menos 3,9 millones de personas (el 1,8%
de la población) han sido infectadas por el VHC, indicación resultante
de pruebas de anticuerpos VHC positivas. Aproximadamente 2,7 millones
padecen hepatitis crónica. El número de personas afectadas podría ser
incluso mayor, ya que los datos no incluyen las incidencias del VHC en
ciertos grupos con riesgo elevado, como los desamparados y personas encarceladas.
La Organización Mundial de Salud aproxima que 170 millones de personas
en todo el mundo están infectadas por el VHC. De acuerdo con la Fundación
Internacional de la Hepatitis, alrededor de 35.000 personas en los EE.UU.
son infectadas cada año, lo que constituye una drástica reducción con
respecto a la incidencia aproximada de 180.000 casos anuales durante los
años 80. La hepatitis C crónica es responsable de 8.000 a 10.000 muertes
cada año - cifra que aumentará a medida que las personas infectadas en
los 1970 y los 80 comiencen a desarrollar afecciones hepáticas. De acuerdo
con las Fundaciones Americanas del Hígado, la insuficiencia hepática debida
a la hepatitis C es la causa actual más común de trasplantes de hígado
en los EE.UU.
Transmisión
En el pasado, muchas personas contraían la infección por el VHC a
través de infusiones de sangre. En 1990 se desarrolló la prueba para
detectar el virus en sangre donada y en 1992 se perfeccionó una prueba más
sofisticada. El Servicio de Salud Pública en los EE.UU. recomienda que
toda persona que haya recibido una transfusión de sangre o trasplante de
órgano antes de 1992 se haga la prueba del VHC. Hoy en día, el riesgo de
adquirir el virus a través de un trasplante es muy pequeño, de 1 en cada
100.000 transfusiones.
El factor de riesgo más común para el VHC es compartir jeringas u otros
instrumentos/ equipos empleados para inyectar drogas. Esta vía de
infección es responsable del 60% de nuevos casos, de acuerdo con los CDC.
Los toxicómanos frecuentemente contraen el VHC al poco tiempo de
inyectarse drogas; en algunas comunidades toxicómanas, el 90% de las
personas ya están infectadas. Oficiales de la salud pública creen que
muchas personas contrajeron el VHC en los años 70 y 80 a través de la
experimentación ocasional con drogas intravenosas. El uso de la cocaína
también es un factor de riesgo, posiblemente debido a la presencia de
pequeñas cantidades de sangre en las pajillas empleadas para inhalar la
droga.
Los profesionales en el campo de la salud corren el riesgo de resultar
expuestos al VHC durante el trabajo, principalmente por pinchazos
accidentales con jeringas infectadas, lo cual resulta en una incidencia de
infección del 1,8%. Por lo general, sin embargo, la incidencia del VHC
entre los profesionales de salud es igual a la población general. Las
personas que reciben diálisis renal (hemodiálisis) a largo plazo
manifiestan incidencias elevadas del VHC, posiblemente debido al uso de
equipo médico contaminado. El VHC también es transmitido a través de
instrumentos que contienen sangre, incluyendo las máquinas de tatuaje y
perforación, agujas de acupuntura, navajas de afeitar, instrumentos de
manicura, y cepillos de dientes. Los personas que tienen contacto
cotidiano con personas VHC positivas manifiestan incidencias de infección
más elevadas que la población general, pero este tipo de transmisión es
poco común. Los CDC calculan que los diversos tipos de transmisión
mencionados son responsables de alrededor del 10% de todos los casos del
VHC.
Aunque el VHC puede ser transmitido sexualmente, este tipo de
exposición tiene muchas menos probabilidades de resultar en infección que
la exposición a sangre contaminada. Los estudios han demostrado que se
puede detectar el VHC en el semen y el fluido vaginal y de acuerdo con el
CDC, el 20% de las infecciones son atribuibles al contacto sexual. Sin
embargo, este dato puede ser exagerado, ya que diversos estudios han
documentado una incidencia de infección extremadamente baja para el
contacto sexual. Se cree que la transmisión por el VHC de hombre a mujer
es más común. En la mayoría de los estudios, los hombres homo y bisexuales
manifiestan una incidencia del VHC parecida a los heterosexuales. No
existe evidencia que el VHC puede ser transmitido por el sexo oral, aunque
existe el riesgo teórico, particularmente si la pareja receptiva tiene
llagas o inflamación en la boca.
Aunque el VHC pueda transmitirse de madre a hijo, antes o después del
parto, este tipo de transmisión también es poco común. De acuerdo con
diversos estudios, la incidencia total de transmisión vertical es
alrededor del 5%. Sin embargo, algunos estudios han demostrado que la
transmisión perinatal del VHC es más común para las mujeres con cargas
virales del VHC elevadas y mujeres co-infectadas por el VIH, las cuales
manifiestan incidencias de incluso el 14 al 17%. Existe evidencia
conflictiva sobre la transmisión a través de la lactancia. Algunos
estudios han demostrado que el VHC sí infecta el calostro y la leche
materna, y por esta razón la transmisión es posible, particularmente si la
madre tiene una carga viral elevada; sin embargo, tal transmisión parece
ser poco común. Ni los CDC ni la Academia Americana de Pediatría
recomiendan que las madres infectadas por el VHC dejen de amamantar.
Otros factores que pueden afectar la incidencia del VHC incluyen edad,
género, estado económico, y nivel de educación. El estudio de Atler
publicado en el New England Journal of Medicine descubrió que las
incidencias del VHC son más elevadas en aquellos con ingresos bajos o con
menos de doce años de educación formal. Los CDC reportan que la
incidencia, o número de nuevas infecciones, es mayor en personas de 29 a
30 años de edad, un poco más elevada en los hombres, y parecida para los
blancos y afroamericanos, con una elevación entre los hispanos. Sin
embargo, en términos de infecciones totales, las incidencias son mayores
en personas de 30 a 49 años de edad, considerablemente más elevadas en los
hombres, y sustancialmente más elevadas en los afroamericanos.
Aún tomando en cuenta las consideraciones mencionadas, del 10 al 20% de
las personas con el VHC no manifiestan factores de riesgo
identificables.

Diagnóstico de la hepatitis
C
Se emplean varias pruebas para diagnosticar la hepatitis C. Puesto que
la enfermedad es frecuentemente asintomática, por lo general la infección
es detectada durante la donación de sangre o durante exámenes médicos
rutinarios que incluyan análisis de sangre.
Las pruebas de anticuerpos detectan la presencia de anticuerpos contra
el virus. La prueba inmunoabsorbente enzimática (ELISA o EIA) es el
principal instrumento empleado para la detección de virus en la sangre
donada. Sin embargo, esta prueba puede producir resultados positivos
falsos, especialmente en poblaciones de bajo riesgo. Si la prueba ELISA es
positiva, se emplea una segunda prueba, como el Western electroblot, para
confirmar el resultado. En abril de 1999 la Administración de Fármacos y
Alimentos (en inglés: FDA) aprobó una prueba del VHC disponible sin
receta; también resulta disponible una prueba oral de anticuerpos
(Orasure).
Las pruebas de anticuerpos pueden demostrar si una persona ha sido
infectada por el VHC, pero no distinguen la infección aguda de la crónica
o de una infección erradicada. Puede que los anticuerpos no estén
presentes un poco después de la infección inicial, pero usualmente
aparecen en los tres meses siguientes. La persona que padece compromiso
inmunológico puede producir un nivel reducido de anticuerpos que impida su
detección; además, si la persona ha sido infectada simultáneamente por el
VHC y el VIH, la prueba del VHC puede tardar más en producir un resultado
positivo. Para las poblaciones de alto riesgo (incluyendo las personas VIH
positivas), las personas con pruebas positivas de anticuerpos y personas
con síntomas clínicos de la hepatitis C, se debe emplear la prueba del ARN
del VHC (carga viral) para confirmar la presencia real del virus.
La segunda clase de prueba detecta la materia genética del VHC en la
sangre. Dos tipos de pruebas de carga viral, la reacción en cadena de la
polimerasa (PCR) o de la cadena de ADN (bADN), pueden detectar el ARN del
VHC; estas pruebas no están actualmente aprobadas por la FDA. La prueba
PCR generalmente puede detectar la materia genética del VHC en la primera
a la tercera semana a partir de la infección inicial. La persona con una
infección previa que haya eliminado el virus usualmente manifestará un
resultado positivo de anticuerpos, pero un resultado ARN negativo. Puesto
que la carga viral del VHC varía durante el curso del mal, un único
resultado negativo no demuestra de forma concluyente que la persona no
esté infectada. Además de determinar si la persona está infectada con el
VHC, las pruebas de carga viral también pueden ayudar a pronosticar
quiénes tendrán mayor tendencia a reaccionar bien al tratamiento y pueden
controlar la eficacia del mismo.
Las pruebas de hígado determinan los niveles de enzimas hepáticas.
Cuando las células hepáticas son dañadas o mueren, el cuerpo descarga las
enzimas aspartasa transferasa o aminotransferasa (AST) en la sangre. El
nivel de AST se utiliza con frecuencia para determinar el daño hepático;
la elevación de AST también puede aparecer cuando se producen daños al
corazón, al riñón o musculares. Como con el ARN del VHC, los niveles
enzimáticos también pueden variar durante el transcurso de la enfermedad y
un resultado normal de las pruebas hepáticas no indica necesariamente la
ausencia de daños al hígado. Si las pruebas de anticuerpos, del ARN del
VHC o de las enzimas hepáticas señalan infección o daño, se puede realizar
una biopsia del hígado para determinar el nivel de inflamación y/o daño en
el hígado. Los médicos también pueden emplear otras determinaciones de
laboratorio para determinar el daño hepático.

El curso clínico del VHC
El hígado y sus funciones
El hígado es el órgano interno más grande del cuerpo, con varias
funciones vitales. Si un hígado es dañado y resulta incapaz de llevar a
cabo sus actividades, pueden desarrollarse diversas complicaciones que
afecten a cada órgano y sistema corporal.
El hígado tiene un papel complejo en el metabolismo. Produce bilis, un
compuesto que ayuda a metabolizar ciertas grasas; si el hígado está
dañado, puede reducir la producción de bilis y bloquear el transporte de
bilis a la vesícula biliar y los intestinos. Cuando el cuerpo no
distribuye las grasas, impide la absorción de vitaminas solubles en grasa
(A, D, E y K). El exceso de bilis en los tejidos puede ocasionar prurito,
o picazón, y la interrupción en el transporte de bilis puede ocasionar
cálculos y/o daños en la vesícula biliar. Si el hígado no procesa la
bilirrubina, un pigmento sanguíneo, puede resultar en ictericia, o
coloración amarillenta de la piel y los ojos.
El hígado también regula el empleo corporal de carbohidratos y azúcar,
convirtiendo los carbohidratos en colesterol lipoproteína de baja densidad
(LBD) y los ácidos grasos en sustancias cetonas que proveen alimento
cuando se abstiene de comer. El hígado procesa proteínas y sirve como
almacén para ciertas vitaminas y minerales. Además, convierte el amoníaco,
un producto metabólico del nitrógeno, en un compuesto menos tóxico llamado
urea, que es descargada por los riñones. Cuando el hígado resulta
severamente comprometido por enfermedad fulminante o avanzada, la
acumulación de productos metabólicos y de toxinas puede ocasionar daños
cerebrales (encefalopatía), afección caracterizada por demencia,
desorientación, alteraciones de personalidad y pérdida de memoria; el
resultado final es coma y muerte.
El hígado produce albúmina, una proteína sanguínea principal que regula
el agua en las vesículas. Cuando el nivel de albúmina decae debido a daños
hepáticos, el agua penetra los tejidos que rodean las vesículas; este
proceso puede ocasionar inflamación de las extremidades (edema) y del
abdomen. El hígado también produce factores de coagulación, cuya ausencia
puede ocasionar hemorragias, y funciona como filtro, descontaminando todo
lo que se ingiere o absorbe por la piel. La exposición a sustancias
tóxicas - incluyendo el alcohol, las drogas y las sustancias químicas
ambientales - pueden dañar permanentemente al hígado, lo cual puede
resultar en niveles tóxicos elevados y una intensificación de reacciones
adversas, anormalidades menstruales, impotencia, u otros
síntomas.
Síntomas agudos de la hepatitis
C
La hepatitis C tiene un periodo de incubación de 2 a 6 semanas. Algunas
personas desarrollan síntomas agudos que pueden incluir fiebre, fatiga,
náusea y vómito, pérdida de apetito, dolor abdominal al tacto, y dolor
muscular. Alrededor del 20 a 30% de las personas con infección aguda
desarrollan ictericia. Sin embargo, la mayoría de las personas con la
infección VHC aguda tienen síntomas leves o no presentan síntomas. Por
esta razón, con frecuencia la hepatitis C no es detectada durante la etapa
aguda inicial, y puede resultar aparente solo después, y en algunos casos
incluso décadas después de haberse producido sustanciales daños hepáticos.
A pesar de la falta de síntomas obvios, casi todas las personas con la
infección VHC aguda experimentan daño hepático en mayor o menor grado.
Este daño puede ser detectado por pruebas de las funciones hepáticas, ya
que el nivel de enzimas hepáticas normalmente aumenta antes de la
manifestación de síntomas clínicos.
Un pequeño número de personas experimenta hepatitis C aguda fulminante,
la cual ocasiona un rápido deterioro del tejido del hígado y
desequilibrios metabólicos, afecciones cerebrales y muerte; este escenario
es menos frecuente con el VHC que con otros tipos de la hepatitis viral.
Con mayor frecuencia, la mayoría de los síntomas iniciales desaparecen a
las 2 -12 semanas, aunque la fatiga y dolor abdominal pueden persistir
durante meses.
Progresión de la enfermedad
VHC
En la mayoría de las personas con el VHC, el sistema inmunológico no es
capaz de erradicar el virus. De acuerdo con los datos más recientes
recopilados por los CDC, el 70% de las personas infectadas desarrollarán
la hepatitis crónica, definida como la presencia de ARN del VHC detectable
por seis meses o más. En contraste, solo el 10% de los adultos con la
hepatitis B desarrollan enfermedad crónica.
El curso de la progresión de la hepatitis C crónica varía según las personas.
Por esta razón no es posible pronosticar con seguridad qué personas VHC
positivas desarrollarán cirrosis, cáncer de hígado, o enfermedad hepática
mortal. Sin embargo, varios co-factores parecen ejercer un efecto sobre
la gravedad de la enfermedad. En algunos -- pero no todos -- los estudios,
los subtipos 1a y 1b del VHC han sido asociados con una progresión acelerada,
mayores daños al hígado, y una menor eficacia del tratamiento.
La consumición de alcohol es probablemente el factor externo más
importante. El uso excesivo de alcohol en sí puede dañar al hígado; junto
con el VHC, los efectos aditivos pueden ocasionar una enfermedad de mayor
severidad. La edad de la persona también parece influir en la progresión.
Las personas mayores (especialmente mayores de los 50 años) tienden a
experimentar una progresión acelerada y a desarrollar síntomas más
severos. La investigación indica que el sistema inmunológico infantil
puede luchar mejor, y erradicar el VHC con más frecuencia, que el sistema
adulto. Junto con la edad, el género también parece ejercer un efecto
sobre la progresión; los hombres tienden a desarrollar la enfermedad
hepática más severa. Finalmente, las personas que padecen compromiso
inmunológico, bien sea debido a la enfermedad VIH, al uso de fármacos que
suprimen el sistema inmunológico o a otra causa, tienden a experimentar la
progresión acelerada de la enfermedad VHC.
Patogénesis a largo plazo
Con el paso del tiempo, mientras que las células hepáticas son
infectadas y destruidas, las personas pueden desarrollar compromiso
hepático progresivo. Este proceso empieza con la inflamación persistente y
procede a fibrosis o fibrogénesis (desarrollo de tejido fibroso),
esteatosis (acumulación de grasa), y cirrosis (cicatrices) del hígado.
Cuando las células hepáticas normales son reemplazadas por tejido fibroso,
grasa y cicatrices, resultan incapaces de llevar a cabo sus funciones
metabólicas, la producción de proteínas y la eliminación de toxinas del
cuerpo. Aunque los datos varían significativamente, se cree que por lo
general alrededor del 20 al 30% de las personas con el VHC desarrollarán
cirrosis en 10-30 años. De aquellos con cirrosis, el 25 al 30%
desarrollará enfermedad avanzada o cáncer hepático.
Alrededor del 80% de las personas con el VHC crónico experimentan
elevaciones en el nivel de enzimas hepáticas durante su enfermedad,
mientras que el 20% manifiesta funciones hepáticas normales, con o sin ARN
del VHC detectable. Por lo general, las personas con niveles elevados de
enzimas y cargas virales del VHC altas tienden a desarrollar síntomas. Sin
embargo la carga viral del VHC no ha sido correlacionada bien con el grado
de daño hepático o la severidad del mal.
Algunas personas con el VHC crónico experimentan síntomas leves; otros
permanecen asintomáticos hasta que desarrollan complicaciones debidas
a la enfermedad avanzada. Las personas con enfermedad hepática avanzada
pueden experimentar hemorragias en el intestino superior y retención de
fluidos en el abdomen y en las extremidades inferiores. Esta afección
puede resultar en la debilitación, ruptura y hemorragia de las vesículas
sanguíneas del esófago y estómago, o en hemorroides rectales. El desarrollo
de esteatosis, agregados linfáticos y daños biliares es característico
de la hepatitis C crónica. El resultado final de la insuficiencia hepática
es la muerte -- si la persona no se somete a un trasplante de hígado o
puede sobrevivir a través de un hígado artificial experimental.
La infección por el VHC puede ocasionar carcinoma hepatocelular
primario, un tipo de cáncer hepático, pero no se ha establecido el
mecanismo exacto. El cáncer del hígado puede desarrollarse en los cinco
años siguientes a la infección inicial por el VHC, pero es más común que
aparezca 25-30 años después; normalmente, el carcinoma hepatocelular
únicamente se desarrolla cuando la cirrosis está presente. Algunos
investigadores creen que los daños y la regeneración de las células
hepáticas infectadas precipita el desarrollo de las células mutantes que
crecen de manera incontrolable. A diferencia del virus de la hepatitis B
(VHB), el VHC no se integra en el genoma de la célula huésped; el cáncer
de hígado es más común en personas coinfectadas por el VHC y el VHB.
A pesar de este desalentador cuadro, debe recordarse que el daño
hepático mortal y la insuficiencia hepática se desarrollan en una minoría
de personas con hepatitis C crónica. Muchas no experimentan daños severos
y pueden vivir sin síntomas durante décadas. Otras únicamente experimentan
síntomas leves como fatiga intermitente, náusea, y dolores
musculares.

Coinfección por el VHC y
el VIH
Puesto que el VIH y el VHC se transmiten de forma similar, la
coinfección por ambos virus es común, aunque el VHC tiene mayor tendencia
a ser transmitido a través de contacto con sangre y el VIH por contacto
sexual. Los expertos calculan que alrededor del 30 al 40% de las personas
VIH positivas en los EE.UU. están coinfectadas por el VHC, aunque la
incidencia varía bastante entre las diversas poblaciones VIH
positivas.
El VIH afecta el sistema inmunológico y puede influir en la reacción
del cuerpo a otras infecciones. Varios estudios han sugerido que la
progresión de la hepatitis C es más rápida y tiene más tendencia a
ocasionar severos daños hepáticos y cáncer de hígado en las personas VIH
positivas, y los datos indican que las personas con el VIH y el VHC
tienden a manifestar cargas virales del VHC más elevadas, aumentando el
riesgo de desarrollar cáncer. Sin embargo, otras investigaciones sugieren
que puesto que el daño hepático relacionado con el VHC es debido a la
reacción inmunológica, las personas con compromiso inmunológico pueden
experimentar menos inflamación y daño hepático.
La coinfección por el VHC y el VIH parece incrementar el riesgo de que
una madre transmita ambos virus perinatalmente. La coinfección también
parece incrementar el riesgo de la transmisión sexual del VHC. Estos
aumentos en el riesgo de transmisión pueden deberse en parte a la elevada
carga viral del VHC en las personas VIH positivas. La mayoría de los datos
sobre el riesgo de transmisión, sin embargo, no reflejan el efecto
completo que proporcionan los nuevos regímenes diseñados para reducir la
transmisión perinatal del VIH.

Tratamiento de la hepatitis
C
Pautas de bienestar
El hígado tiene varias funciones fisiológicas importantes y los daños a
este órgano pueden ocasionar una reducción del bienestar general. Las
pautas de bienestar que incluyan una dieta saludable, abstinencia de
sustancias dañinas, y suficiente descanso son importantes para toda
persona con hepatitis C crónica. Además se recomiendan inoculaciones
contra la hepatitis A y B, ya que estos virus pueden ocasionar una
enfermedad más grave e incluso la muerte en aquellas personas que padezcan
compromiso hepático.
Las personas VHC positivas no deben consumir alcohol, ya que éste
ejerce un efecto perjudicial sobre el hígado. Muchos expertos creen que
incluso el consumo moderado de alcohol puede resultar dañino y recomiendan
un máximo de una bebida alcohólica por día. Cuando resulte posible, se
debe evitar el uso de drogas, tanto de recreación como medicinales, y
ciertas hierbas también pueden resultar peligrosas. Las personas con la
hepatitis crónica siempre deben consultar con su médico antes de tomar
cualquier medicamento, droga o hierba.
Aunque la modificación de la dieta ya no se considera meta fundamental
del tratamiento de la hepatitis crónica, ciertos cambios en la
alimentación pueden resultar beneficiosos. Muchos expertos en nutrición
recomiendan una dieta alta en granos integrales, frutas y verduras, con un
mínimo de sustancias químicas y otros aditivos artificiales. Una dieta
baja en grasa puede reducir la tensión en la capacidad metabólica
comprometida del hígado, particularmente en personas con cirrosis. Si el
hígado está dañado, puede perder su capacidad de transformar ciertas
vitaminas y minerales; por esta razón se debe limitar el consumo de
alimentos altos en hierro y evitar el uso de suplementos de hierro. Las
personas con hepatitis crónica tampoco deben tomar dosis altas de vitamina
A, ya que puede resultar tóxica al hígado. La reducción en el consumo de
sal y mariscos también puede atenuar los síntomas relacionados con el
mal.
La fatiga es uno de los síntomas más comunes y persistentes de la
hepatitis C crónica. Las personas VHC positivas pueden requerir ajustes en
sus estilos de vida y sus horarios de trabajo para poder acomodar la
necesidad de descansar.
¿Quién debe ser tratado y
cuándo?
Varias consideraciones determinan cuándo y cómo se debe tratar a las
personas con hepatitis C crónica. Los medicamentos disponibles son caros,
pueden ocasionar severas reacciones adversas, y hasta recientemente no han
resultado muy eficaces. La eficacia del tratamiento depende de diversos
factores, incluyendo la edad de la persona, la magnitud del daño hepático,
su estado inmunológico y el nivel de carga viral del VHC. Muchos médicos
prefieren tratar solo a aquellos con mayores probabilidades de desarrollar
enfermedad severa y a quienes tengan mayor probabilidad de beneficiarse
del tratamiento. Otro factor vital que influye en el éxito del tratamiento
es el genotipo del VHC. De acuerdo con la Dra. Teresa Wright del Centro
Médico Veterano en San Francisco, "el pronóstico más importante de la
reacción [satisfactoria]" al tratamiento es la presencia de un subtipo VHC
que no sea 1a ó 1b.
Puesto que muchas personas con hepatitis C crónica no experimentan
síntomas durante décadas, e incluso podrían no desarrollar la enfermedad
severa, existen desacuerdos sobre la necesidad de tratar a las personas
sin síntomas, las personas con mínimo daño hepático, y personas con
niveles enzimáticos normales. Muchos médicos creen que para estas
personas, una evaluación regular que incluya determinaciones del nivel de
la transaminasa, de la carga viral del VHC, y biopsia del hígado es la
opción preferida; algunos médicos también recomiendan pruebas regulares
para determinar el nivel de la fetoproteína alfa, un indicador del cáncer
del hígado. La mayoría de los médicos están de acuerdo en que el
tratamiento resulta indicado para toda persona que padezca inflamación
hepática severa o fibrosis, o principios de cirrosis, y que se debe
emplear una biopsia para determinar la magnitud del daño hepático. La
carga viral del VHC y los niveles enzimáticos no son determinaciones
fiables de la severidad patogénica, aunque sí pueden ayudar a guiar las
decisiones sobre el tratamiento.
Muchos expertos recomiendan que las personas con enfermedad hepática
severa avanzada no reciban el tratamiento antiviral o con interferón. El
tratamiento con interferón destruye las células hepáticas infectadas,
ocasionado mayor daño al hígado. Las personas con cirrosis compensada (sin
varices, ictericia o encefalopatía) pueden recibir el tratamiento
habitual, pero aquellas con cirrosis descompensada deben recibir
tratamiento solo a través de estudios experimentales que incluyan un
control metódico.
No se han hecho grandes estudios sobre el tratamiento de los niños con
hepatitis C crónica, aunque los datos disponibles sugieren que los niños
reaccionan al monotratamiento con interferón de manera parecida a los
adultos. No existen datos actuales sobre el empleo infantil del
tratamiento de combinación con interferón/ribavirina.
Finalmente, aunque es poco común que las personas con infección por el
VHC sean diagnosticadas durante la etapa inicial de enfermedad, el
tratamiento inmediato durante esta etapa está asociada con una incidencia
elevada y sostenida de la eliminación del VHC.
Tratamientos farmacéuticos
aprobados
Hasta el año pasado, el único tratamiento aprobado por la FDA para la
hepatitis C crónica era el monotratamiento con alfa interferón. Los
interferones son un grupo de proteínas naturales mensajeras con
capacidades antiinflamatorias e inmunomoduladoras. El interferón
bioquímico es fabricado por varias compañías y comercializado bajo los
nombres de Intron A y Roferon A. Se cree que el tratamiento funciona
inhibiendo la replicación viral y aumentando la actividad inmunológica.
Alfa interferón 2a y -2b están aprobados para el tratamiento del VHC;
también se puede emplear una formulación conocida como interferón de
consenso (Infergen) que combina aminoácidos de 2a y 2b. Se ha evaluado
beta interferón para el tratamiento de la infección VHC crónica, pero ha
resultado menos eficaz.
El monotratamiento con interferón en dosis aprobadas no ha resultado
muy eficaz en el tratamiento de la hepatitis C crónica; desde la
aprobación de la combinación de interferón / ribavirina, el
monotratamiento ya no es considerado estándar. El interferón inicialmente
reduce los niveles de enzimas hepáticas y del ARN del VHC en alrededor del
50 al 60% de las personas tratadas, pero muchos experimentan recidivas o
un rebrote de la carga viral. Algunas personas pueden incluso experimentar
una elevación de la carga viral durante el tratamiento. La supresión viral
sostenida se observa sólo en el 10 al 20% de las personas tratadas con el
monotratamiento de interferón. La mayoría de las recidivas se desarrollan
en las seis semanas siguientes a la finalización del curso de tratamiento;
la recidiva después de un año es poco común.
Estudios han demostrado que el tratamiento con interferón es más eficaz
en mujeres con cargas virales bajas, menores de 40 años de edad, con
genotipos del VHC que no sean del 1, y que no hayan sufrido grandes daños
hepáticos. Por razones desconocidas, el interferón parece resultar menos
eficaz en los afroamericanos. Un curso típico de alfa interferón es de 3
millones de unidades, administrados por inyección subcutánea tres días por
semana cada seis a doce meses; muchos médicos recomiendan el curso de
tratamiento más corto para las personas con subtipos no 1 del VHC. Algunos
investigadores han explorado la posibilidad de emplear el tratamiento de
inducción de dosis elevada con interferón, además del uso del fármaco, por
más días a la semana y durante periodos de tiempo más prolongados en
personas que no experimenten beneficios con el régimen estándar; el
tratamiento prolongado no parece mejorar la incidencia de reacción
inicial, pero podría reducir la incidencia de recidivas. Los NIH
recomiendan cambiar o suspender el tratamiento si una persona no
experimenta mejoría a partir de tres meses de monotratamiento con
interferón.
Los efectos adversos de alfa interferón pueden incluir síntomas
gripales como fatiga, dolor de cabeza, náuseas, pérdida de apetito y dolor
muscular, síntomas psicológicos como ansiedad y depresión, y toxicidad
inmunológica como supresión de la medula ósea y reducción del nivel de
linfocitos; también puede producirse una pérdida de cabello de carácter
reversible. La severidad de las reacciones adversas puede disminuir con el
tiempo o aliviarse con ibuprofeno o con acetaminofeno a dosis bajas (la
dosis normal puede ser tóxica para personas con daños hepáticos),
tranquilizantes suaves o medicamentos antidepresivos. A pesar de esto,
alrededor del 40% de las personas que toman interferón tienen que reducir
la dosis y el 15% suspende el tratamiento a consecuencia de las reacciones
adversas. Las personas con problemas psicológicos o enfermedad tiroidea no
deben ser tratadas con interferón.
Varios estudios han demostrado que el empleo de alfa interferón en
combinación con un fármaco análogo guanosino antiviral llamado ribavirina
(Rebetol) produce resultados superiores al monotratamiento con interferón.
Ribavirina se comercializa en formulación de cápsulas, tomadas dos veces
por día. Los efectos secundarios del fármaco incluyen síntomas
gastrointestinales y anemia hemolítica; un estudio reciente sugiere que
los antioxidantes (por ej. las vitaminas C y E) pueden reducir la
hemólisis. En particular, ribavirina puede ocasionar efectos teratogénicos
que ocasionan abortos y defectos congénitos; en junio de 1999, la FDA
ordenó que el formulario de información de ribavirina incluyera el aviso
de que las personas que tomen el medicamento usen dos métodos
anticonceptivos durante el curso del tratamiento y durante seis meses
después finalizarlo.
En junio de 1998, la FDA aprobó el emleo de Rebetron, una combinación
de alfa interferón 2b (Intron A) y ribavirina, fabricado por la compañía
Schering-Plough. Rebetron había sido anteriormente aprobado para las
personas que no experimentaran una reacción sostenida al monotratamiento
con interferón. En diciembre de 1998, se extendió la aprobación para
incluir Rebetron como medicamento de primera línea para las personas sin
antecedentes del tratamiento. Hoy en día, el tratamiento de combinación
con alfa interferón y ribavirina se considera estándar para la hepatitis C
crónica.
Los estudios también han demostrado que el tratamiento de combinación
es superior al monotratamiento en aquellas personas que han recibido un
tratamiento previo con interferón. Durante un estudio, cuyos resultados
fueron publicados por el Dr. Gary Davis y sus colegas en el New England
Journal of Medicine, la combinación produjo incidencias de supresión
viral diez veces mayores que las incidencias observadas en los
participantes que recibieron únicamente interferón. Las reacciones al
tratamiento son mejores, tanto con el monotratamiento como con la
combinación, para las personas con una carga viral baja del VHC al iniciar
el tratamiento, y para aquellas que no hayan desarrollado cirrosis. En las
personas que reciben el monotratamiento, la incidencia de reacción rápida
pronostica una reacción sostenida; en otras palabras, si la persona
experimenta una reducción en su carga viral del VHC a nivel indetectable
poco después del inicio del tratamiento, tendrá más probabilidades de
experimentar supresión continua. Sin embargo, en las personas que tomen la
combinación desde un principio, este efecto puede aparecer con retraso,
aunque ello no impide que puedan experimentar una supresión viral
sostenida.
Tratamientos experimentales
El campo de la investigación sigue proporcionado nuevos tratamientos
potenciales para la hepatitis C crónica. De acuerdo con un informe
publicado en la edición del 5 de septiembre de 1999 de la revista
Journal of the American Medical Association, el Instituto Nacional
de la Diabetes y de Enfermedades Renales y Digestivas está iniciando un
estudio de 28 millones de dólares sobre diversos fármacos antivirales que
podrían ser empleados contra el VHC crónico. El estudio tendrá lugar en
nueve centros de los EE.UU. y durará ocho años. Este estudio constituye el
más extenso y duradero sobre el tratamiento de la hepatitis C que se haya
llevado a cabo hasta la fecha. Además de los fármacos antivirales, también
se investigará el empleo de medicamentos inmunomoduladores. Las opciones
futuras de tratamiento pueden incluir vacunas terapéuticas y un
tratamiento genético, aunque el desarrollo de las vacunas sigue siendo un
desafío debido a la variabilidad genética y a la rápida mutación del
VHC.
Una adición reciente al arsenal de tratamientos experimentales anti-VHC
es una formulación de acción prolongada de alfa interferón, llamada
interferón pegalitida, la cual puede administrarse con menos frecuencia.
Este medicamento tiene una semivida (el tiempo requerido para que se
reduzca la cantidad inicial a la mitad) diez veces más larga que la
semivida del interferón estándar. La formulación Pegasys de los
Laboratorios Roche puede administrarse una vez por semana. Los efectos
secundarios de ambos interferones son parecidos; se espera que la FDA
apruebe interferón pegalitida a principios del 2000.
Otra formulación nueva de interferón se llama alfa interferón n1
linfoblastoide (Wellferon). En un estudio de 1.071 participantes de la
Universidad de Medicina de St. Louis, los participantes que recibieron
interferón linfoblastoide experimentaron una incidencia considerablemente
menor de recidivas en las 48 semanas después del curso de tratamiento. Los
efectos secundarios son parecidos a los de alfa interferón.
Tomando en cuenta los efectos beneficiosos del tratamiento de
combinación de interferón/ ribavirina, muchos investigadores están
estudiando el empleo potencial de otros regímenes de combinación. El
régimen de alfa timosona 1 (Zadaxin) y alfa interferón ha demostrado
capacidad para conferir mayores beneficios que el monotratamiento con
interferón. Alfa timosina 1 es una formulación bioquímica de un mensajero
químico natural producido por el timo que estimula la actividad de las
células T y de los asesinos naturales. En estudios realizados hasta la
fecha, timosina se ha asociado a efectos secundarios leves. El fármaco no
está aprobado por la FDA, pero ya ha sido comercializado en varios países
en América del Sur y Asia.
Dos medicamentos mejor conocidos como tratamientos para la gripe
también han demostrado potencial contra el VHC. Amantadina (Symmetrel)
está aprobado por la FDA como tratamiento de la influenza tipo A;
rimantadina (Flumadine) es un medicamento relacionado con el anterior.
Estos compuestos parecen funcionar a través de la interrupción de la
replicación viral en sus etapas iniciales. Los efectos secundarios de
ambos son parecidos y pueden incluir depresión, ansiedad, irritabilidad,
insomnio, somnolencia, dolor de cabeza, síntomas gastrointestinales y
anomalías en la presión arterial. Los resultados de diversos estudios
sugieren que los medicamentos son menos eficaces que el monotratamiento
con interferón. Sin embargo, pueden utilizarse como parte integrante de
regímenes de combinación que incluyan alfa interferón, con o sin
ribavirina.
Otros medicamentos actualmente bajo estudio para el tratamiento de la
hepatitis C crónica -- solos o en régimen de combinación -- incluyen el
ácido ursodeoxicólico, fármacos no esteroides antiinflamatorios, corticoesteroides,
y ciertos antibióticos. Los tratamientos del futuro podrían incluir inhibidores
de la proteasa y helicasa del VHC, inhibidores de la polimerasa del ARN,
y fármacos antisentido.
Tratamientos alternativos
y complementarios
Las personas con enfermedad hepática crónica han empleado una variedad
de tratamientos alternativos y complementarios. Algunas de las hierbas
usadas como tratamientos del VHC crónico incluyen cardo de leche
(silimarina), regaliz (glicirrizina), diente de león, y nogal negro. La
silimarina ha sido investigada en varios estudios Europeos, donde el
tratamiento con hierbas es más aceptado que en los EE.UU; los datos
obtenidos son contradictorios. Las hierbas chinas y las fórmulas de
hierbas empleadas contra la hepatitis incluyen zhi zi (gardenia), du huang
(ruibarbo), long dan cho (raíz de gentain), long dan xie gang tabng e ying
chen hao tang. Los practicantes de la medicina china tradicional creen que
estas formulaciones de hierbas ayudan a eliminar toxinas del hígado,
reducir la inflamación y mejorar el paso de la bilis. La metodología china
incluye el uso de hierbas específicas y acupuntura, y puede resultar
eficaz en el alivio de síntomas como náusea y fatiga. Sin embargo, hay
muchas hierbas que son tóxicas al hígado y deben ser evitadas por personas
con daños hepáticos. Se debe consultar con un médico experimentando en
medicina alternativa antes de iniciar un tratamiento con
hierbas.
El tratamiento del VHC en
las personas VIH positivas
Algunos estudios han indicado que las personas coinfectadas por el VHC
y el VIH no reaccionan como las personas VIH negativas a los regímenes de
tratamiento que incluyen interferón; el interferón está diseñado para
aumentar la reacción inmunológica, y algunas personas VIH positivas
padecen demasiado compromiso inmunológico para conseguir una reacción
eficaz al tratamiento. Sin embargo, las personas VIH positivas cuya
enfermedad esté bien controlada y que tengan un número CD4 relativamente
elevado parecen reaccionar bien al tratamiento anti-VHC, y la mayoría de
los expertos recomiendan que se ofrezca tal tratamiento cuando sea
indicado. Las personas VIH positivas que siguen el tratamiento
antiretroviral sumamente activo (TARSA) también pueden tomar los
medicamentos anti-VHC, pero hay que tener precaución al combinar
medicamentos y las personas VHC/VIH positivas deben siempre consultar con
un médico experimentado en el tratamiento de ambas enfermedades.
Se han llevado a cabo pocos estudios clínicos sobre las interacciones
entre los fármacos anti-VIH y anti-VHC, y ningún estudio ha evaluado a
participantes por un periodo de tiempo extenso. Algunos ensayos de laboratorio
indican que AZT y d4T podrían interferir con la acción de ribavirina,
y los médicos tienden a evitar la combinación de estos fármacos. Sin embargo,
durante la 39a ICAAC, el Dr. Douglas Dieterich y sus colegas informaron
sobre los resultados provisionales de un pequeño estudio que sugiere que
estos fármacos sí pueden usarse en combinación. En el estudio, las personas
VIH positivas que estaban tomando TARSA y tenían cargas virales indetectables
recibieron la combinación de alfa interferón / ribavirina. Después de
tres meses de tratamiento, la carga viral del VIH permaneció indetectable
y la carga viral de VHC se redujo; la evaluación a largo plazo continúa.
El Dr. Dieterich además criticó la decisión de muchos médicos de no tratar
el VHC en sus pacientes VIH positivos, enfatizando que "Aunque no se logren
muchas curas virológicas [del VHC] en las personas VIH positivas, incluso
para los casos que sean denominados como "insuficientes", el
tratamiento con interferón reduce la fibrosis, aumenta la reacción de
los linfocitos T a los antígenos de la hepatitis C, y reduce la incidencia
de hepatomas mortales [cáncer del hígado] (...) la reducción de la carga
viral [del VHC] también puede influenciar el resultado final de la enfermedad
hepática, y podría permitir [que la persona co-infectada] tome los inhibidores
de proteasa que prolonguen su vida."
Tratamientos para los síntomas
y las complicaciones
Además de los tratamientos diseñados específicamente para aumentar la
reacción inmunológica o atacar al VHC directamente, hay una variedad de
tratamientos empleados para aliviar los síntomas y controlar las
complicaciones en las personas con hepatitis C crónica.
La náusea, un síntoma común tanto de la hepatitis aguda como de la
crónica, puede ser tratada con medicamentos antieméticos. La marijuana
médica o dronabinola (Marinol) pueden aliviar la náusea y estimular el
apetito. Ondaestrona (Zofran) pueden contribuir al alivio de la náusea y
de la fatiga crónica asociada con el VHC. La pruritis ocasionada por la
acumulación de tóxicos puede ser tratada con medicamentos como
colestiramina (Questran). Se pueden emplear medicamentos diuréticos para
reducir la acumulación de fluidos que ocasiona edema. Los bloqueadores de
beta, que se utilizan para tratar la presión arterial elevada, pueden
ayudar a reducir la hipertensión portal; es preferible emplear
bloqueadores de beta que no sean metabolizados por el hígado, como
atenolol (Tenormin) y naldolol (Corgard).
Entre los tratamientos quirúrgicos para la cirrosis descompensada se
encuentra la paracentesis (extracción de fluido del abdomen). La cirugía
endoscópica puede usarse para tratar las varices en el esófago y estómago
(ligación) o se pueden emplear medicamentos esclerosos para endurecer las
varices y reducir el riesgo de hemorragia.
Hay dos tratamientos actuales para el carcinoma hepatocelular. Mediante
una resección hepática parcial, se extrae el tejido canceroso. La segunda
opción es la extirpación completa del hígado (hepatectomía), seguida de un
trasplante. Si no se trata, el cáncer del hígado resulta mortal en tres a
seis meses. No hay tratamiento sistémico quimioterapéutico para esta clase
de cáncer.
Trasplantes de hígado
Cuando la cirrosis se torna tan severa que ocasiona insuficiencia
hepática, el trasplante de hígado puede ser la única forma de salvar la
vida de una persona con hepatitis C crónica. La enfermedad hepática
avanzada debida al VHC es actualmente la causa principal de los
trasplantes de hígado en los EE.UU. A pesar de esto, el país carece de
hígados disponibles para el trasplante, y solo una cuarta parte de todas
las personas que necesitan un hígado nuevo lo obtienen.
Los trasplantes presentan complicaciones. Por lo general, el VHC
infecta al nuevo hígado poco después del procedimiento y los medicamentos
inmunosupresores empleados para prevenir el rechazo del trasplante pueden
impedir la actividad inmunológica contra el virus. Sin embargo, la
infección recurrente suele ser más leve, y los estudios indican que la
incidencia de supervivencia de un trasplante debido al VHC es parecida a
la incidencia experimentada por personas que reciben trasplantes del
hígado por otras afecciones (un promedio del 65% de supervivencia a partir
de los cinco años.)
La mayoría de los centros de trasplante no permiten el trasplante de
hígado en las personas VIH positivas en parte porque se cree que los medicamentos
inmunosupresores necesarios comprometerán aún más el sistema inmunológico.
Sin embargo, gracias a los nuevos regímenes anti-VIH, muchas personas
VIH positivas están viviendo por más tiempo y experimentando menos compromiso
inmunológico. Además, se han documentado resultados alentadores de los
pocos trasplantes de hígado que se han hecho en personas VIH/VHC positivas
sin SIDA. Tres de las cuatro personas VIH/VHC positivas que recibieron
un trasplante de hígado o riñón en la Universidad de Pittsburgh durante
los últimos dos años están bien y manifiestan cargas virales indetectables.
Se han reportado resultados parecidos del Hospital King's College en Londres,
donde los receptores coinfectados por ambos virus han sobrevivido sin
enfermedades de SIDA. Recientemente, se concedió 1 millón de dólares a
la Universidad de California en San Francisco para la investigación del
trasplante de hígado y riñón en personas VIH positivas sin enfermedades
de SIDA, cuyas cargas virales sean indetectables. Varios activistas de
base local también están trabajando para incrementar la disponibilidad
de trasplantes de hígado para la población VIH positiva.

Conclusión
Durante las próximas décadas, las implicaciones individuales y públicas
de la hepatitis C crónica incrementarán, a medida que las personas
infectadas durante los años 70 y 80 empiecen a desarrollar complicaciones
relacionadas con la enfermedad hepática avanzada. De acuerdo con el Dr. C.
Everett Koop, previamente Jefe del Servicio General de Salud de los
EE.UU., "la epidemia de la hepatitis C es una de las crisis de salud
pública más graves de este centenario, y la amenaza sólo va a empeorar. A
partir del nuevo milenio, el virus de la hepatitis C se cobrará más vidas
cada año que el SIDA." Afortunadamente, la evaluación diligente de toda
sangre donada y un aumento en la información publica sobre este mal han
reducido significativamente la incidencia de nuevas infecciones por el
VHC.
El tratamiento de la hepatitis C no es perfecto, y queda mucha
investigación por hacer, pero recientes avances han mejorado la
posibilidad de poder mantener la máxima supresión viral. Con el empleo de
un tratamiento apropiado, muchas personas VHC y VIH/VHC positivas pueden
sobrevivir por muchos años, con pocos o ningún síntoma relacionado con la
hepatitis.
Liz Highleyman es escritora médica de San Francisco.
Christopher Gortner
es editor de BETA en español.
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