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Este artículo fue publicado en el invierno
de 2001 en el Boletín de Tratamientos Experimentales
Contra el SIDA, por la Fundación anti-SIDA de San Francisco.

Invierno 2001
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beta@sfaf.org
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por Richard Stern
En El Salvador, la lucha por sobrevivir adopta
proporciones darwinianas bajo el abrasador sol
centroamericano. Estoy involucrado en la contienda.
Durante los últimos cuatro años, como director de la Asociación de Derechos
Humanos Agua Buena, he
respaldado a personas que viven con el SIDA en
América Central en su lucha por obtener medicamentos antirretrovirales.
Resido en Costa Rica, la única nación que proporciona acceso universal
a los antirretrovirales, pero cuando me es posible destino parte de mi
tiempo en otros países de la región.
Reproducido con el permiso de ¡Resuelto! Publicado por PWA Coalition
de Colorado, edición noviembre 2000. Todos los derechos reservados.
Desde 1998, he viajado en tres ocasiones a El Salvador
por asuntos relacionados con el acceso al tratamiento. Recuerdo a aquellas
personas que asistieron al taller que ofrecí en el ‘Gimnasio Francisco’
en marzo de 1998. Tengo fotografías. Durante un almuerzo, en septiembre
del 2000, mostré las fotos y mi amigo Odir Miranda, activista del SIDA,
señaló a quienes habían muerto: seis de los15 que estaban en la foto.
Todos tenían entre 30 y 40 años. Recuerdo a Paula y a José. Ella fue quien
me indicó cómo volver a mi hotel esa noche,
una vez concluido el taller. Entonces la habría descrito como delgada
y mostraba esperanzas. Ella no consiguió vivir.
Recientemente, en septiembre de este año, los activistas
salvadoreños por el SIDA me invitaron a participar en una actividad cuyo
fin es respaldar el movimiento para lograr acceso al tratamiento en su
país. Durante los últimos 18 meses, El Salvador ha sido el centro de una
lucha intensa en busca del acceso al tratamiento que ha cobrado proporciones
internacionales. País de paradojas y contrastes, en El Salvador se observa
belleza y riqueza por doquier, pero no se puede ocultar la pobreza y la
desesperación que también prevalecen. Por más de 10 años, durante los
ochenta y hasta 1991, la guerra civil causó estragos. Se perdieron más
de 50,000 vidas en una guerra sangrienta. Pero el país sigue oprimido
a la fecha por una guerra sin cuartel entre pandillas, la fiebre del dengue
y, ahora, el drama de la lucha por la adquisición de tratamiento por quienes
viven con SIDA.
En abril de 1999, Odir Miranda, gravemente enfermo a consecuencia
del SIDA, y vivo aún gracias a medicamentos donados, presentó una denuncia
contra el seguro social de su país por no brindarle, tanto como a otros
cientos de salvadoreños seropositivos, medicamentos antirretrovirales
con un costo de aproximadamente siete mil dólares al año en El Salvador,
país donde los ingresos per cápita anuales ascienden a menos de tres mil
dólares. Como los tribunales salvadoreños no respondieron a la demanda
y transcurrieron seis meses más, auxilié a Odir para que presentara una
demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en
Washington, D.C. En conjunto, 36 personas infectadas con el virus del
SIDA firmaron el documento que remití por vía fax el 21 de septiembre
del año pasado.
La CIDH investiga las violaciones a los derechos humanos
en aquellos países firmantes del documento de la Convención Interamericana
sobre Derechos Humanos, pero sólo puede actuar cuando se han agotado todas
las instancias en busca de justicia a nivel nacional. No obstante, en
caso de vida o muerte, la Comisión considerará un ‘retraso irrazonable’
en los sistemas de justicia nacionales como una base para aceptar un caso.
La CIDH consideró que el gobierno salvadoreño actuó de manera irrazonable
al no adjudicar el caso de la Suprema Corte, dado que los demandantes
se encontraban en una situación de vida o muerte.
El 28 de febrero de este año, la Comisión se pronunció
en favor de Odir y los miembros sobrevivientes de su grupo, invocando
‘medidas cautelares’ que funcionan como una orden de restricción temporal.
La Comisión ordenó al gobierno de El Salvador iniciar la entrega de medicamentos
antirretrovirales a Odir y a los demás firmantes en un periodo de 15 días.
El 28 de febrero fue el gran día. Al menos eso creí.
Seis meses más tarde, el gobierno no había cumplido con
la orden. Primero envió cartas a la Comisión declarando que los medicamentos
eran muy costosos. En meses recientes, no obstante, varió su táctica y
declaró en conferencia de prensa a mediados de julio que cumpliría con
el mandato de la Comisión en un periodo máximo de dos semanas. Sin embargo,
transcurrido un mes sin que se efectuara la entrega de los medicamentos,
Miranda y una coalición de organizaciones salvadoreñas de apoyo contra
el SIDA decidieron manifestarse en las calles la víspera de la Primera
Conferencia Salvadoreña sobre el SIDA, que se celebraría en el lujoso
Hotel Camino Real a partir del primero de septiembre.
Actualmente, casi un año después de que se presentó la
demanda original, 14 de los 36 demandantes originales han muerto y varios
otros se encuentran gravemente enfermos. Mientras tanto, la Comisión Interamericana
ha invitado a Odir y al abogado salvadoreño Carlos Urquillo a Washington
para que testifiquen en audiencia pública sobre la situación.
Médicos Sin Fronteras, grupo ganador del Premio Nóbel
y promotor del acceso a tratamiento médico en el mundo en desarrollo,
decidió patrocinar a los activistas de los cinco países centroamericanos
restantes, Costa Rica, Panamá, Honduras, Nicaragua y Guatemala. Estuve
en el grupo de tres personas seleccionadas para asistir, procedente de
Costa Rica. Los manifestantes de Costa Rica y Panamá ya tienen acceso
a la terapia antirretroviral. Aquellos procedentes de Nicaragua y Honduras
no la reciben. Guatemala está dividida todavía a este respecto.
La marcha dio inicio a las 10 de la mañana del 31 de agosto.
Más de 300 personas, incluyendo a más de 50 que viven con el virus del
SIDA, enarbolaron banderines y pancartas en un recorrido de casi cinco
kilómetros, desde el Monumento a la Constitución hasta las puertas del
Camino Real. Fue necesario bloquear un carril de tráfico en una avenida
importante. La caminata requirió más de dos horas. Estudiantes de secundaria
ofrecieron a los sudorosos manifestantes bolsas de agua fría con pajillas.
Debido a que la pancarta de Costa Rica era portada por los otros dos representantes,
yo marché con otra que decía: “También Estados Unidos está presente”.
A la mitad del recorrido el calor me afectó y comencé a sentir mareos.
Odir Miranda llevaba consigo un micrófono y exhortó a
los marchistas a gritar: “¡No más huérfanos a causa del SIDA! ¡Medicamentos
para todos, ahora!” Los conductores que circulaban reducían la velocidad
para observar mejor. Los trabajadores se asomaban por las ventanillas
de sus vehículos. Era un momento dramático. La epidemia salió del clóset
y cientos de salvadoreños observaban.
La manifestación fue un éxito rotundo. La transmisión
en vivo a través de una radiodifusora fue cubierta por todos los principales
medios de comunicación en San Salvador. A Miranda se le citó ampliamente
en los diarios. Criticó al gobierno salvadoreño por no cumplir su promesa
de entregar medicamentos. “Nadie en El Salvador puede darse el lujo de
pagar seis mil dólares año para ser tratado,” asegura.“El gobierno está
matando a su propio pueblo.” Miranda criticó igualmente a los organizadores
de la conferencia sobre SIDA por no incluir a personas con SIDA en la
planificación del evento. Igualmente responsabilizó a las farmacéuticas
transnacionales que producen los antirretrovirales -como Roche, Bristol-Myers,
Merck y Glaxo Wellcome- por ofrecerlos a precios “absurdos, fuera del
alcance de los países del Tercer Mundo.”
Durante los primeros 15 años de la epidemia, todos los
gobiernos de América Central ignoraron el reclamo de tratamiento de las
personas con SIDA. Una combinación de ignorancia, prejuicios y apatía
a nivel gubernamental contribuyó a esta actitud generalizada en la región.
Sin embargo, con el advenimiento de la terapia retroviral
en 1995, el panorama comenzó a cambiar. En Costa Rica (con una población
de 3.5 millones), una coalición informal de personas con SIDA negoció
casi durante un año con funcionarios del seguro social en busca de una
terapia antirretroviral. Por último, al llegar a un estancamiento en las
negociaciones, optaron por la vía legal y presentaron una demanda ante
la autoridad legal más importante del país, conocida como la Sala Cuarta.
En septiembre de 1997, esta Sala dictaminó en favor William García, afectado
por el SIDA, y ordenó a la Caja Costarricense del Seguro Social (dependencia
del gobierno) brindar a García la terapia antirretroviral. Ahora, tres
años después, cualquier persona costarricense seropositiva cuyo conteo
de CD4 sea inferior a 350 recibe la triple terapia retroviral, es decir,
900 personas en total.
Al sur de Costa Rica, en Panamá (con 2.2 millones de habitantes),
las personas con SIDA aprendieron del éxito de Costa Rica y comenzaron
a organizarse, una vez más, sin ayuda financiera ni apoyo de las organizaciones
no gubernamentales (ONG). Adoptaron la misma vía legal tras infructuosas
negociaciones con su gobierno, pero la Suprema Corte de ese país dictaminó
en su contra a finales de 1998. Después, la gente se volcó literalmente
a las calles, bloqueando arterias viales muy importantes en la capital
durante varias ocasiones. Orlando Quintero, médico que vive con SIDA,
ayudó al grupo a obtener apoyo de los infectólogos del país. El grupo,
actualmente denominado PROBIDSIDA, volvió a los tribunales en marzo de
1999, pero aun cuando el caso no había siquiera sido escuchado, las autoridades
del gobierno se rindieron y acordaron brindar la terapia antirretroviral.
Sin embargo, las personas con SIDA en El Salvador, así
como en Nicaragua, Honduras y Belice, continúan sin recibir medicamentos
antirretrovirales. En Guatemala, sólo el 15% de la población afectada
por el SIDA recibe este tipo de tratamiento. Los gobiernos, en lugar de
buscar soluciones factibles, parecen movilizarse contra sus propios ciudadanos.
Las agencias internacionales, con medios que podrían utilizar para allegarse
recursos de medicamentos más baratos, permanecen en silencio. Miranda
ha tratado en forma diligente de imitar el éxito de sus vecinos en Costa
Rica y Panamá. No obstante, su gobierno se muestra impasible.
Durante la manifestación, caminé junto a varios miembros
de la organización no gubernamental Atlacatl, el grupo de Miranda, cuyo
nombre se debe a un jefe indio salvadoreño. Uno de los manifestantes comenzó
a hablar conmigo. Nelson Murcia, seropositivo desde hace cuatro años,
no recibe medicamentos ni tratamiento. De tez morena y demacrado, Nelson
es bien parecido. Su ropa parecía quedarle grande y hoy no se ha afeitado.
Su incipiente barba acentuaba la cruda realidad que enfrenta.
Al día siguiente fue inaugurada la conferencia en el elegante
Camino Real. Doctores y enfermeros salvadoreños tuvieron el día libre.
Los varones llegaron vestidos con trajes oscuros y las mujeres con vestidos
floreados. Odir Miranda boicoteó el evento. Estaba disgustado, y con mucha
razón, en el sentido de que los organizadores de la conferencia no invitaron
a ninguna persona seropositiva como presentador. Tenía razón, pero yo
había tenido que viajar miles de kilómetros y por ello decidí que era
importante asistir.
Prácticamente,
las presentaciones me provocaron sueño, hasta que vi con gran sorpresa
al mismo Nelson dirigirse al podio frente a las 300 personas reunidas.
Se había prestado como voluntario para representar un papel de teatro
durante el evento. Una enfermera con vestido floreado lo asesoraba en
cuanto a su actuación como un adolescente al que se le brinda consejería
después de saber que su prueba para detectar el SIDA es positiva. Cuando
surgió la pregunta de la ‘asesoría’ de “¿Cómo cree usted que puede ayudarle
la terapia?”, Nelson sorprendió a toda la audiencia al decir: “Ni toda
la asesoría del mundo me podría ayudar a menos que reciba los medicamentos
que necesito para impedir que siga enfermando”. De alguna manera afectado
por la respuesta, el moderador cede inmediatamente el turno al siguiente
participante, pero algunas personas en la audiencia se levantan para ovacionar
a Nelson.
Durante el receso de almuerzo, pedí a Nelson que se sentara
a mi lado en la misma mesa y me cuente más sobre sí mismo. Pareció agradarle
el que alguien se interesara en su caso. Nelson, de 26 años, quedó huérfano
a los 11. Sus padres fueron asesinados en el mismo año durante la Guerra
Civil en el Salvador. Me explicó con lujo de detalles lo que ocurrió:
“Mi madre era una organizadora laboral. Yo vivía con mi tío y tía, en
un pueblo a 60 kilómetros de San Salvador. Mamá llegaba a visitarme los
viernes por la noche. Pero un día los soldados bajaron a toda la gente
del autobús y se llevaron a mi madre y a otros. La decapitaron y luego
insertaron su cabeza en un palo. Como no llegaba a casa de mi tío para
ese domingo, fuimos a buscarla a un lugar donde sabíamos que el ejército
abandonaba a sus víctimas. Ahí la encontramos. Mi padre fue asesinado
dos meses después. Lo sacaron de su clase en la universidad”.
Después de la muerte de sus padres, Nelson se quedó con
diferentes parientes durante los tres años siguientes, hasta que un día
sus primos descubrieron que se acostaba con otro adolescente. La familia
lo echó de casa inmediatamente y el muchacho terminó en la zona roja de
San Salvador, donde aprendió a sobrevivir teniendo sexo con hombres mayores
a cambio de dinero.
En El Salvador, el SIDA y la homosexualidad, o el ser
únicamente gay, puede convertir la vida de hombres y mujeres en un verdadero
infierno. La cultura machista que prevalece en América Latina dicta que
las mujeres deben ser pasivas, quedarse en el hogar, acomodarse sexualmente,
mientras se espera que los hombres sean dominantes, agresivos y heterosexuales.
Un joven afeminado o una muchacha con actitudes viriles pueden ser atormentados
sin misericordia en las secundarias, y aun por su propia familia. La violencia
que impregna la cultura salvadoreña no ha perdonado a quienes no viven
de acuerdo con los estereotipos culturales de cómo se supone que ‘deben
ser’. Varios travestidos y hombres gay han sido asesinados en años recientes.
Nelson ha sido golpeado más veces de las que puede recordar.
Un hombre gay con SIDA tampoco ‘cuenta’ en América Central.
Los factores culturales conspiran para ocultar la epidemia en la población
gay. Según Rubén Mayorga, director de OASIS, la asociación gay lésbica
guatemalteca, “en Guatemala, sólo 12% de los casos de SIDA es reportado
como existente en la población gay lésbica, pero 80% de los casos corresponde
dentro de la población de varones, y obviamente no se trata de una transmisión
de mujer a hombre. Creo que la cifra real de transmisión gay/bisexual
es más próxima a 50%. Debido a que el tema de la homosexualidad es tabú,
las iniciativas de prevención suponen que todo mundo es heterosexual.
Los hombres gay ‘en el clóset’, una gran mayoría, prácticamente no reciben
información acerca de cómo tener sexo seguro.”
William Hernández, director de la asociación gay/lésbica
de El Salvador denominada ‘Entre Amigos’, ha visto su vida amenazada en
varias ocasiones. Exigió y recibió protección de la fuerza policíaca salvadoreña.
Lo entrevisté el año pasado durante mi visita anterior a El Salvador.
Me dijo que “las culturas en los países latinoamericanos permiten la violencia
con impunidad contra aquellos cuya identidad sexual es diferente. Gays
y lesbianas son más acosados, en comparación con otras minorías”. En mayo
de 1999, Hernández recibió el premio a los derechos humanos Felipe Souza,
presentado por la Asociación Internacional de Derechos Humanos para Gays
y Lesbianas. Hernández considera que las amenazas contra su vida son reales.
“Creo que deseaban matarme y me habrían matado”, afirmó en una entrevista
más reciente.

Hay
muchas formas de morir en El Salvador.
Nelson siguió relatando su historia a la hora de tomar
café. Descubrió que era seropositivo hace cuatro años. Después, a finales
del año pasado, comenzó a enfermarse frecuentemente. Se resfriaba y tenía
fiebre durante se-manas. Hace sólo dos meses presentó un caso de neumonía.
Un médico en la clínica gratuita en la que opera Atlacatl le ordenó guardar
cama y le prescribió los medicamentos necesarios. Un amigo le prestó 40
dólares para comprar los medicamentos para una semana y se recuperó. Ahora
se supone que debe tomar medicamentos profilácticos para impedir que la
neumonía reaparezca, pero no tiene dinero para ello. Nelson es consciente
de la existencia de los antirretrovirales y de su potencial para salvar
su vida. Le pregunté su opinión acerca de no tener acceso a ellos debido
a que es pobre. Respondió con optimismo diciendo que enfrentaría los obstáculos
para lograr un fin. “Me molesta no recibir los medicamentos que necesito,
pero sólo me parece un problema que puedo resolver”.
Apenas pude creerle cuando Nelson me dijo que vive en
condiciones miserables — sin electricidad ni agua potable en el centro
de San Salvador, una floreciente ciudad con dos millones de habitantes.
Al advertir mi incredulidad, me invitó a ir a su casa y cerciorarme por
mí mismo. Cuando manifesté el deseo de tomarle fotos y publicarlas en
mi artículo, estuvo de acuerdo.
El sol era abrasador ese sábado, mi último día en El Salvador.
Los diarios matutinos denunciaban un brote de fiebre de dengue en la capital.
Tres niños murieron y 12 personas estaban hospitalizadas. Nelson llegó
por mí a las siete de la mañana y abordamos un taxi que nos llevó al barrio
miserable donde reside. Una experiencia inolvidable.
Para llegar a su humilde choza es necesario escalar un
camino escarpado que se eleva desde la calle por aproximadamente 30 metros.
El camino rebosa de vegetación tropical y el sol desaparece prácticamente
de la vista. La entrada a la casa es una puerta de madera colgada por
una cuerda desde la estructura del zinc, sin ventanas, y su cuarto sólo
mide tres metros cuadrados más o menos. Hay una mesa y una silla en la
habitación; un colchón está colocado en una esquina de la estancia. Nelson
cocina con leña sobre piedras, apiladas una encima de otra. No hay agua,
electricidad y tampoco baño. La oscuridad en el interior dificulta la
toma de fotografías, pero el flash parece funcionar correctamente.
Para bañarse y lavar sus ropas, Nelson debe caminar aproximadamente
200 metros a un río cercano. Cuando le pregunto si el río está contaminado,
contesta: «Trato de bañarme únicamente después de la lluvia ya que es
cuando el agua está más limpia». Los mosquitos que diseminan la fiebre
del dengue depositan sus larvas en ríos contaminados como éste. Por mi
mente cruza la idea de que Nelson pudiera ser afectado por la fiebre del
dengue. Trato de imaginar cómo sería vivir bajo estas circunstancias,
pero me resulta imposible.
Nelson no paga renta. “Lo compré por 250 dólares hace
tres años, cuando estaba más sano y podía ahorrar dinero”, explicó sobre
el lugar donde vive. El único empleo actual de Nelson es lavar carros
para algunos clientes regulares. Llama a su trabajo de lavado de carros
sus ‘misiones’. “Las misiones me pagan lo suficiente para comer”, dijo.
Recordé que estábamos en una choza en medio de la jungla,
con un río en condiciones de la Edad de Piedra, a escasos cinco kilómetros
del lujoso centro comercial conocido como Metro Centro, donde se venden
productos marca Tommy Hillfiger y hay cadenas de restaurantes dominadas
ahora por ‘Quiznos’, ‘Subway’, y otras franquicias de alimentos de renombre.
Cuando Nelson se enferma, debe acostarse sobre este colchón
y guardar la esperanza de que va a recuperarse. Su amigo Manuel - de 19
años - es consciente que Nelson padece SIDA y se queda con él los fines
de semana y cuando se enferma.
Durante los cuatro años que he estado involucrado en la
epidemia de SIDA en América Central he visto mucho y mis sentimientos
se han endurecido al ver tanta miseria y sufrimiento. No obstante, la
patética disposición de Nelson para compartir conmigo circunstancias tan
insoportables me motiva a contar su historia. Alguien podría leerla y
enviarle medicamentos que necesite.
Al partir del 25 de octubre, 2000, el gobierno de El Salvador
no había entregado todavía un solo medicamento antirretroviral para Miranda
y los demás demandantes que sobreviven.
Richard Stern es Director de la Asociación de Derechos
Humanos Agua Buena en San José, Costa Rica. Puede ser contactado a través
del teléfono / fax 506 234 2411 o por correo electrónico: rastern@sol.racsa.co.dr
Revisado el 14 de mayo 2001
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