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Este artículo fue publicado en el invierno de 2001 en el Boletín de Tratamientos Experimentales Contra el SIDA, por la Fundación anti-SIDA de San Francisco. |
![]() por Leslie Hanna Activistas de la salud de la mujer han inculpado por años a los organizadores y a las redes de estudios clínicos por la falta de un número suficiente de mujeres participantes en estudios de investigación sobre el VIH, particularmente en los estudios de tratamientos experimentales. Si las mujeres no son incluidas en dichos estudios, que pueden resultar en la aprobación de tratamientos por la Administración de Alimentos y Fármacos de los EE.UU. (en inglés: FDA), ¿cómo reconoceremos los efectos diferentes que tales compuestos pueden producir en la mujer? Sin datos concluyentes, ¿cómo podrán las mujeres afectadas confiar siquiera en el uso de los fármacos aprobados?
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Centros: Bronx/Manhattan, Brooklyn, Chicago, Los Angeles, San Francisco, y Washington DC Cohorte: 2.080 mujeres VIH positivas y 575 VIH negativas, con un mínimo de 13 años de edad Inicio: agosto de 1993 Conclusión:
la inscripción se cerró en octubre Patrocinador principal:
el Instituto Nacional Copatrocinadores: el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano (NICHD), el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA), el Instituto Nacional del Cáncer (NCI), y el Instituto Nacional de Investigación Dental (NIDR). |
El empleo de una fórmula que tomaba en consideración la causa de mortalidad y el número CD4 en el momento de la última visita del estudio ayudó a clasificar si las muertes habían sido consecuencia del VIH/SIDA o no. Con esta fórmula se determinó que 227 de las 308 muertes (con causa conocida) estaban relacionadas con el VIH/SIDA; 67 no estaban relacionadas con el VIH/SIDA; y 14 terminaron resultando indeterminables. Entre las mujeres que no fallecieron de SIDA, las causas de mortalidad fueron las siguientes: insuficiencia hepática (9), sobredosis de drogas (10), neumonía (7), enfermedad pulmonar (9), tumores malignos no relacionados con el VIH (7), y muerte violenta, como asesinato, suicidio, o accidente (7).
Los investigadores también compararon el promedio de la última carga vírica de mujeres que fallecieron de SIDA con el de las mujeres que fallecieron por otras causas. Para las mujeres en WIHS que fallecieron por otras causas, el promedio al momento de fallecer fue de 33.000 copias/mL, comparado con 250.000 copias/mL para mujeres que fallecieron de causas relacionadas con el VIH/SIDA. El 72% de las mujeres que fallecieron de causas no relacionadas con el VIH, y el 45% de aquellas que fallecieron de causas relacionadas con el VIH/SIDA, padecían infección por hepatitis C (VHC). El historial de uso de drogas intravenosas también fue significativamente más alto entre las mujeres que fallecieron de otras causas (el 70% en contraste con el 30%).
En general, fallecieron menos mujeres por cualquier causa en la época de TARGA (de julio 1996 en adelante), en contraste con el periodo antes de TARGA (octubre de 1994 – junio 1996). A pesar de esto, la incidencia de mortalidad por causas no relacionadas con el VIH/SIDA permaneció estable. Por esta razón, concluyeron los investigadores, una pequeña proporción de muertes entre las mujeres VIH positivas en los EE.UU. (el 16% de toda mortalidad y el 2% de la mortalidad por causas establecidas en la cohorte WIHS) podría no estar relacionada con el VIH/SIDA, sino deberse a causas como la insuficiencia hepática, el desarrollo de tumores malignos, la violencia y el abuso de drogas. Puesto que el número de muertes por SIDA se ha reducido de manera significativa desde la disponibilidad de TARGA, la mortalidad no relacionada con el SIDA podría constituir una proporción mayor de muertes entre las mujeres VIH positivas.
L. Ahdieh, del Departamento de Epidemiología de la Escuela de Higiene y Salud Pública en la Universidad John Hopkins en Baltimore, y otros han investigado las razones por las que algunas mujeres que empiezan a tomar TARGA cambian posteriormente a regímenes menos potentes, o dejan de tomar el tratamiento antirretrovírico por completo. El estudio incluyó mujeres de WIHS que iniciaron sus regímenes antirretrovíricos entre octubre de 1995 y marzo de 1999. Cada seis meses, se evaluó si las mujeres seguían tomando su régimen inicial y se analizaron factores como el número de linfocitos CD4 y la carga vírica para determinar la posible relación entre la suspensión o continuación de TARGA.
De 1.002 mujeres que iniciaron TARGA durante el periodo del estudio, en el periodo de evaluación 195 (el 19,5%) cambiaron a regímenes menos potentes y 177 (el 17,7%) suspendieron el tratamiento. Las mujeres con números de CD4 bajos, cargas víricas elevadas, e incrementos en la carga vírica, tuvieron significativamente más tendencia a suspender TARGA en todos los periodos de evaluación, lo cual aparentemente refleja insuficiencia por parte del tratamiento. Sin embargo, los efectos de tales factores sobre el éxito del tratamiento no fueron los mismos para todos los periodos: en el último periodo (hasta junio de 1999), las mujeres con factores pronósticos no beneficiosos tuvieron casi la misma tendencia a suspender TARGA que las mujeres con factores beneficiosos. De mayor importancia es que en el último periodo, las mujeres que suspendieron el tratamiento antirretrovírico potente no manifestaron cambios en factores que señalan progresión de la enfermedad, en contraste con periodos previos (por ejemplo, diciembre de 1997).
De esta manera, se descubrió que con el paso del tiempo (tres años de seguimiento), una proporción creciente de mujeres que estaban tomando tratamiento antirretrovírico potente suspendieron sus regímenes, en algunos casos por razones desconocidas. Las diferencias en el número de CD4 y la carga vírica no fueron pronósticos coherentes de suspensión y no se observaron consecuencias inmediatas inmunológicas y víricas de tal suspensión en el periodo de evaluación inmediatamente posterior. Estas observaciones sugieren que con el tiempo las mujeres empezaron a suspender sus regímenes potentes por razones distintas a la insuficiencia, razones que requieren elucidación para poder optimizar la toma de decisiones sobre el tratamiento.
La anemia (menor capacidad de la sangre para transportar oxígeno debido a un nivel reducido de hemoglobina, o un número reducido o anormal de células rojas, ocasionando fatiga y debilidad entre otros síntomas) es común en la mujer VIH positiva. Se ha establecido que la anemia está correlacionada con un nivel vírico más elevado en el plasma, un menor número de linfocitos CD4, el SIDA clínico (por ejemplo, progresión patogénica), el uso de AZT (Retrovir), y la raza afroamericana. En este análisis, la Doctora Alexandra Levine, de la Universidad del Sur de California, y otros determinaron el efecto de (1) la anemia sobre la supervivencia y (2) el efecto de TARGA y otras variables sobre el nivel de hemoglobina (Hb) en las mujeres VIH positivas.
Se inscribieron un total de 2.078 participantes de WIHS que completaron una visita clínica inicial entre octubre de 1994 y noviembre de 1995, y una última visita de seguimiento a partir de abril de 1996 (cuando TARGA resultó ampliamente disponible).
A nivel basal, un total de 1.575 mujeres VIH positivas no manifestaron anemia. El desarrollo subsiguiente de anemia fue asociado con los siguientes factores: raza afroamericana, número CD4 bajo, carga vírica elevada, SIDA clínico, y el uso de AZT en los seis meses previos. El uso de TARGA por 18 meses o más estuvo asociado a una reducción en el riesgo de desarrollar anemia. Entre las 503 mujeres VIH positivas que resultaron anémicas a nivel basal, los incrementos del número de CD4 y el uso de TARGA por 18 meses o más, fueron asociados a la resolución de la anemia. El uso continuo de AZT consiguió aumentar el nivel de hemoglobina. El desarrollo de anemia se asoció al incremento estadístico en el riesgo de mortalidad; la resolución de anemia se asoció a una reducción de dicho riesgo.
Los investigadores concluyeron que la anemia es un factor de riesgo independiente en la reducción de supervivencia de las mujeres VIH positivas; TARGA ejerce un efecto protector contra el desarrollo de la anemia; y el uso de TARGA por parte de las mujeres anémicas está asociado a la mejora del nivel de hemoglobina con el paso del tiempo.
Aunque se ha establecido que el tratamiento del VIH/SIDA en los EE.UU. ha mejorado para muchas personas, se sabe menos sobre las mujeres VIH positivas. Muchas mujeres VIH positivas tienen bajos ingresos, y muchas pertenecen a grupos raciales que han tenido poco acceso y satisfacción con la calidad de los servicios de cuidado de la salud. Jane Burke, MS, de la Universidad de Illinois en Chicago, y otros han empleado un establecido método para determinar la satisfacción, el RAND PSQ-18, que evalúa la satisfacción de las participantes del WIHS con su cuidado de salud. En particular, los investigadores quisieron establecer la utilidad del método entre mujeres de grupos raciales de bajos ingresos, así que compararon los resultados con datos de una muestra normativa de la población general.
Como parte del seguimiento normal de los participantes, se administraron 16 de los 18 temas de PSQ-18 anualmente a WIHS. Se obtuvieron datos mediante entrevistas con 1.303 mujeres en dos etapas de la enfermedad por el VIH. Los investigadores descubrieron que el promedio de cada tema de RAND resultó generalmente más alto en los datos de WIHS que en los datos normativos, indicando que las respuestas de las mujeres del WIHS eran probablemente sobre estimaciones de su satisfacción y sugiriendo que el método no es muy útil para este segmento de la población. Los investigadores recomendaron llevar a cabo evaluaciones de la sensibilidad cultural de los temas establecidos y realizar ajustes para así poder desarrollar un instrumento que refleje con mayor eficacia las experiencias de todas las mujeres VIH positivas con los servicios del cuidado de salud.
La Doctora Kathyrn Anastos, Profesora Asociada de Medicina en el Colegio Albert Einstein de Medicina, y otros evaluaron factores asociados con la progresión al SIDA o la mortalidad en relación con el inicio de TARGA en diferentes etapas de la enfermedad por el VIH. Empleando una cohorte de 893 mujeres VIH positivas con datos establecidos sobre el inicio de TARGA (margen de seis meses), los investigadores evaluaron el tiempo transcurrido desde el inicio de TARGA al desarrollo de SIDA y la mortalidad (hasta julio de 1999), además del grupo racial, edad, número de linfocitos CD4, carga vírica, y si las mujeres tenían experiencia con el tratamiento antirretrovírico antes de iniciar su régimen TARGA.
Entre 474 mujeres sin SIDA al inicio de TARGA, 44 desarrollaron la enfermedad y 18 fallecieron en un promedio de seguimiento de 2,2 años. En contraste con las mujeres que tenían más de 350 linfocitos CD4/mm3 al inicio de TARGA, el riesgo relativo de progresión para aquellas con números CD4 de 200-350 linfocitos/mm3 y menos de 200 linfocitos/mm3 fue de 1,06 años y 2,89 años, respectivamente. En otras palabras, el riesgo de padecer progresión fue solo un poco más elevado en mujeres que iniciaron TARGA con 200-350 linfocitos/mm3, pero fue significativamente mayor para las mujeres que no iniciaron TARGA hasta que mostraron menos de 200 linfocitos/mm3.
Con el tiempo, sin embargo, los resultados entre los dos grupos con números CD4 más altos al iniciar TARGA empezaron a ser divergentes. A partir de un año y un año y medio, quienes iniciaron el tratamiento con más de 350 linfocitos CD4/mm3 manifestaron una leve mejoría en su pronóstico que no se observó en aquellas con 200-350 linfocitos CD4/mm3.
Los investigadores también evaluaron las cargas víricas en el momento de iniciar TARGA y compararon los niveles con el pronóstico. Las mujeres que iniciaron TARGA con menos de 5.000 copias/mL tuvieron el mejor resultado; aquellas con 5.000-50.000 copias/mL fueron comparativamente más propensas a padecer progresión, y las mujeres con cargas víricas mayores de 50.000 copias/mL fueron las más propensas a experimentar progresión.
De 60 mujeres que fallecieron, 42 tenían el SIDA clínico antes de iniciar TARGA: la supervivencia a partir del inicio de TARSA se asoció de manera negativa a un diagnóstico previo de SIDA. Se documentó también una tendencia creciente al riesgo del SIDA con la edad. Además, se documentó un efecto protector potente, pero no estadísticamente significativo, contra la mortalidad entre mujeres cuyo primer régimen antirretrovírico fue un régimen TARGA (dado que solo el 10% de las mujeres carecía de historial de uso del tratamiento antirretrovírico, fue difícil elaborar conclusiones definitivas). La raza no se asoció a la progresión o la mortalidad.
Los investigadores concluyeron que las mujeres que no iniciaron TARGA hasta que manifestaron un número CD4 entre 200 y 350 experimentaron una progresión al SIDA en el primer año y año y medio parecida a la progresión experimentada por mujeres que iniciaron el tratamiento en una etapa de enfermedad más temprana, cuando tenían números CD4 de 350 linfocitos/mm3. Sin embargo, a partir del primer año y medio, el grupo que inició el tratamiento más tarde pareció experimentar posiblemente mayor tendencia a progresar con el paso del tiempo. Es necesario tener un periodo de seguimiento más largo (de por lo menos tres años o más) para poder determinar el beneficio actual de iniciar TARGA en una etapa de la enfermedad más temprana. Los resultados subrayan el papel que pueden jugar los estudios de cohorte a largo plazo en la provisión de información sobre el momento óptimo de iniciar TARGA.
Durante los últimos años, WIHS y HERS han generado una cantidad ingente de datos y descubrimientos no solo acerca de los aspectos clínicos y científicos del VIH en la mujer, sino también sobre factores psicosociales que afectan a la mujer VIH positiva.
En un subestudio, Rosemarie Gottileb entrevistó a 44 mujeres sobre sus opiniones acerca de su salud, para determinar si las opiniones personales podrían estar relacionadas con la percepción de las mujeres sobre su calidad de vida. Para estas mujeres urbanas, Gottileb dijo que resultó evidente que tener una actitud optimista (reflejada por la declaración de opiniones tal como “una persona puede tener el VIH pero no enfermarse”) estuvo directamente relacionada con la manifestación personal de que se lleva una calidad de vida positiva. Por ejemplo, las mujeres con opiniones optimistas sobre la salud también declararon que disfrutaban de “excelente salud” y que estaban contentas. Las mujeres que manifestaron un denominado sistema de opinión pesimista (tal como la opinión personal de que no creían que una persona tenía control [de su salud] si no tenía buenos servicios médicos o que el cumplimiento no valía la pena) generalmente también manifestaron tener una calidad de vida negativa. Estas mujeres mostraron mayor tendencia a declarar sentimientos actuales de “malestar” o “fatiga”. Aunque Gottlieb presentó obvias correlaciones, este pequeño estudio no logró determinar causa y efecto, o cuál ocurrió primero: una calidad negativa de vida, por ejemplo, el sentirse mal, o un estado pesimista de opiniones establecidas. A pesar de esto, el informe sugiere que los proveedores de cuidados de salud podrían mejorar sus interacciones con pacientes VIH positivas al abordar con ellas tanto sobre su enfermedad como sus sentimientos, y animarlas a tener pensamientos optimistas sobre su salud, las cuales podrían traducirse en hechos directos como mejor cumplimiento a un régimen.
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Cohorte: 920 mujeres VIH positivas y 460 VIH negativas, de 16-54 años de edad Inicio: abril de 1993 Conclusión: abril de 2000 Patrocinador principal: los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) Copatrocinadores: el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAD), el Centro Nacional para la Prevención del VIH, las ETS y la TB. |
Varios informes han descrito una alta incidencia de violencia doméstica y abuso infantil entre las mujeres VIH positivas. En uno de estos estudios, Judith Cook analizó datos procedentes de 1.200 participantes VIH positivas y 340 VIH negativas en WIHS para descubrir asociaciones entre un historial de abuso sexual infantil y comportamientos de riesgo en cuanto al VIH. La mitad de las mujeres manifestaron un historial de abuso sexual, y el 80% de estas también declaró que el abuso ocurrió en la niñez. Aunque el seroestado VIH no se relacionó significativamente con la violencia doméstica o el abuso físico o sexual, los tres factores estaban significativamente relacionados con comportamientos de riesgo, incluyendo el uso de drogas intravenosas y el intercambio de sexo por drogas, dinero o alojamiento.
Jean Richardson evaluó de manera detallada la incidencia de depresión entre la cohorte WIHS completa. Concluyó que entre las mujeres VIH positivas es común tener un nivel elevado de depresión y que este es parecido al nivel de depresión de las mujeres VIH negativas, aunque la depresión en la mujer VIH positiva estaba relacionada al número CD4. En ambos grupos de mujeres, la depresión sí se relacionó con bajos ingresos, uso actual de drogas, uso de alcohol, y el abuso físico y sexual. Por estas razones, se concluyó que la depresión entre la cohorte de WIHS tuvo más tendencia a reflejar factores de estrés culturales y sociales, tal como la pobreza, la violencia, y el consumo de drogas, que factores del VIH.
Los investigadores de WIGS y HERS, además de otros estudios, han declarado que las mujeres VIH positivas tienen una gama más amplia de experiencias con el sistema de servicios de salud. Se ha observado que en contraste con los hombres VIH positivos, las mujeres tienden a buscar servicios médicos cuando padecen una etapa más avanzada de deterioro inmunológico, y también en contraste con los hombres de este país, afrontan obstáculos personales que impiden sus oportunidades de disfrutar de un nivel óptimo de atención médica. Por ejemplo, las mujeres, en contraste con los hombres, tienen más posibilidades de ser relativamente pobres, de tener un nivel de educación más bajo, de pertenecer a las denominadas minorías raciales, y de carecer de seguro médico: todos son factores asociados a un cuidado de salud subóptimo. Como han mostrado otros estudios en hombres, los estudios de mujeres que toman el tratamiento antirretrovírico manifiestan haber tenido experiencias contradictorias en cuanto a la toma de decisiones y satisfacción con el tratamiento. Alice Kim evaluó a mujeres en Chicago, quienes declararon que las experiencias positivas incluyeron mejoras clínicas como un mayor nivel de energía y de salud, números más elevados de linfocitos CD4, menor carga vírica, y mayor esperanza y autoestima. Las experiencias negativas con frecuencia incluyeron efectos secundarios, dificultades para cumplir regímenes complejos que requieran la toma diaria de una gran cantidad de píldoras a horas estrictas, y malestar general emocional en forma de sentimientos de desesperación sobre su salud. Muchas mujeres se mostraron ambivalentes acerca de TARGA; apreciaban su eficacia pero no les gustaba el impacto negativo que TARGA ejercía sobre su calidad de vida. Las mujeres también reportaron que la suma de sus sentimientos y experiencias con TARGA influyó en sus probabilidades de continuar o no con el tratamiento.
Los investigadores de WIHS y HERS han elaborado muchos informes con el paso de los años sobre las afecciones ginecológicas en la mujer VIH positiva. Por ejemplo, una ingente cantidad de datos demuestra con claridad que las mujeres inmunocomprometidas tienen mayor tendencia que las mujeres sin dicho compromiso a padecer candidiasis vaginal aguda o recurrente. Uno de los temas de menos claridad concierne a la menstruación en las mujeres VIH positivas. Informes de casos personales demuestran que muchas mujeres han relatado cambios o anormalidades en su ciclo menstrual, desde amenorrea (ausencia o cese anormal de las menstruaciones), a hemorragia grave o prolongada, a dolores inusualmente severos. Los resultados de investigaciones de años han sido confusos y generalmente no han demostrado datos concluyentes científicos de diferencias menstruales relacionadas con el VIH (a la frustración de muchas mujeres VIH positivas, que dicen que perciben diferencias).
De acuerdo con Sioban Harlow, del Departamento de Epidemiología de la Universidad de Michigan, que evaluó la función menstrual entre las mujeres de WHIS y HERS, el estado VIH positivo fue asociado de manera leve con ciclos muy cortos (por ejemplo, menos de tres semanas) o muy prolongados (más de tres meses). Por lo general, sin embargo, el seroestado VIH ejerció poco efecto sobre la menstruación. El índice de masa corporal y el consumo de drogas pareció ejercer un mayor efecto sobre las características del ciclo menstrual. En este estudio, se recopilaron datos a través de “diarios menstruales” de las participantes; como con cualquier instrumento de estudio que requiera declaraciones personales pudieron existir problemas en cuanto a la fiabilidad de datos. En otro análisis, el único efecto relacionado con el VIH reportado sobre la menstruación fue una correlación entre la amenorrea y la deficiencia inmunológica grave, detectada en un 13% de las mujeres con menos de 50 linfocitos CD4/mm3.
También se han presentado diversos informes sobre la creciente frecuencia de vaginitis y herpes en las mujeres VIH positivas. La Doctora Ruth Greenblatt, Profesora Asociada de Medicina Clínica en el Departamento de Epidemiología y Bioestadística en la Universidad de California en San Francisco, y otros publicaron un informe sobre la tasa de infecciones genitales y los síntomas asociados en una cohorte completa. Los resultados demostraron que las mujeres VIH positivas fueron significativamente más propensas que las mujeres VIH negativas a padecer gonorrea (34% contra 22%), sifilis (20% contra 11%), herpes genital (25% contra 9%), y tricomoniasis (38% contra 27%). La enfermedad por el VIH fue asociada a la candidiasis vaginal (el 15% de las VIH positivas contra el 9% de las VIH negativas) y y a las verrugas genitales (10% contra 1%). La vaginosis bacteriana resultó ser la infección más común entre todas las mujeres pero no fue asociada al estado VIH (45% contra 42%). Los investigadores analizaron los datos de diferentes formas para tomar en cuenta el impacto de la edad, la frecuencia de penetración sexual, el número de parejas, el uso de preservativos, y factores del VIH como estado y número de linfocitos CD4. Concluyeron que las mujeres VIH positivas fueron más propensas a tener historial de ETS pero menos propensas a padecer una ETS aguda actual. Para las mujeres VIH positivas, el tener una ETS crónica vírica (por ejemplo, herpes, papilomavirus o VPH) fue asociado con la disminución de CD4. En otro análisis, los datos de HERS demostraron que por lo general las mujeres VIH positivas, en relación con las VIH negativas, padecieron la infección por VPH más persistente.
El Doctor Joel Palefsky, Profesor Asociado de Medicina de Laboratorio en la Universidad de California de San Francisco, evaluó la infección por el VPH y las lesiones escamosas intraepiteliales (LEI), afección precursora del cáncer uterino, y el cáncer entre las mujeres de WIHS. Sus descubrimientos confirman otros informes de que las mujeres VIH positivas corren mayor riesgo de infectarse con múltiples tipos de VPH, aunque hay poca diferencia en el espectro de cepas entre las mujeres positivas y negativas. El 42% de las mujeres VIH positivas mostró infección por múltiples tipos del VPH, comparado con el 16% de las mujeres VIH negativas. Entre las mujeres VIH positivas, un número de CD4 más bajo, una menor edad, y el hábito de fumar fueron asociados a un riesgo elevado de infección por el VPH. En otra evaluación de las lesiones uterinas, A.L. French de Chicago descubrió que las mujeres VIH positivas con LEI manifestan una elevada tasa de deficiencia de la vitamina A.
La Doctora Alexandra Levine y otros de USC presentaron datos sobre casos poco comunes de cáncer de mama en mujeres VIH positivas relativamente jóvenes. Los investigadores evaluaron las fichas médicas de las mujeres que al inicio del estudio tenían historial de cáncer de mama. Durante el año posterior de seguimiento, solo otras dos mujeres VIH positivas y ninguna mujer VIH negativa presentó un nuevo diagnóstico de cáncer de mama. Las fichas médicas de siete casos confirmados por patología (biopsia positiva de tejido) indicaron que la edad media en el momento del diagnóstico fue de 47 años; el promedio de número CD4 al inicio del estudio fue 196 linfocitos/mm3.
Hace poco tiempo se mostró un gran entusiasmo sobre el inicio e inscripción de HERS y WIHS. Ahora que HERS y WIHS han dejado de inscribir participantes, ¿hay alguna novedad en el campo de estudio del VIH y la mujer? ¿O hemos aprendido lo básico sobre el VIH en la mujer que ya no requerimos hacer investigaciones específicas?
La contestación a ambas preguntas es no. Algunos nuevos estudios clínicos de mujeres están inscribiendo participantes actualmente, tal como el estudio del Tratamiento Antirretrovírico Dedicado al Género y Tratamiento (en inglés: AT LAST). AT LAST inscribirá alrededor de 200 mujeres y hombres VIH positivos que están tomando tratamiento antirretrovírico que no incluye un inhibidor de proteasa sin buenos resultados (experimentando intolerancia o falta de supresión de la carga vírica a niveles menores de 500 copias/mL). Todos los participantes recibirán un nuevo régimen que incluya indinavir (Crixivan), ritonavir (Norvir), d4T (Zerit), y ddI (Videx) para determinar si es seguro, tolerable, y eficaz. Se compararán los resultados de ambos géneros y se recopilarán datos específicos al género, incluyendo determinaciones de masa corporal, lípidos en la sangre, niveles hormonales, y perfiles farmacocinéticos (relacionados con la acción de los fármacos en el cuerpo, como el proceso de absorción, metabolismo, transformación, penetración en los tejidos, y eliminación). Los centros del estudio incluyen Berkeley, Boston, Dallas, FT. Lauderdale, Los Angeles, Nashville, Rio Piedras y San Juan (Puerto Rico), Nueva Orleans y Nueva York, entre otros. En el área de San Francisco, donde el estudio está inscribiendo participantes actualmente, puede llamar a Cindy Hopewell en EBAC al 510-204-1870. Para información general sobre el estudio o para localizar centros afuera de San Francisco, puede llamar a Ana Rodríguez de Women Alive al 800-554-4876.
El estudio DYNAMIC, que está evaluando efectos específicos por género, también está inscribiendo a hombres y mujeres. Los investigadores están evaluando el efecto potencial de las hormonas de reproducción (por ejemplo, niveles hormonales que varían durante el ciclo menstrual) sobre la farmacocinética de TARGA. El estudio está abierto a mujeres y hombres con diversos números de CD4, y con cargas víricas mayores de 10.000 copias/mL. Los participantes también deben carecer de experiencia de tratamiento con inhibidores de proteasa. Las mujeres deben tener entre 18 y 45 años de edad y tener ciclos menstruales regulares. Para mayor información, puede llamar a Sarah Ellison en San Francisco al 415-502-8056.
Hay otros estudios dedicados a nuevos temas de investigación actualmente en pie o en fases de diseño o desarrollo. Estos incluyen estudios sobre la patogénesis (potencial para ocasionar enfermedad) y transmisión del VIH y diferentes subtipos del VIH, y sus interacciones con zonas específicas del cuerpo. Otros estudios están evaluando el impacto que el uso amplio de TARGA ejerce sobre la manera en que el VIH se desarrolla en la mujer en comparación con el hombre, especialmente en cuanto a evaluaciones de la grasa corporal y cambios metabólicos. También hay una gama amplia de modalidades de prevención pertinentes a la mujer que se están estudiando o están en planes de estudio, tal como el desarrollo de los microbicidas (geles tópicos y lubricantes anti-VIH) para la prevención de la infección primaria por el VIH y otras ETS, y estrategias para prevenir la transmisión de madre a hijo.
Sin embargo, no se han resuelto todas las preguntas originales. Los estudios del curso natural del VIH en la mujer siguen siendo de suma importancia, por ejemplo, para poder comprender mejor el desarrollo de tumores malignos relacionados con el VIH y para hacer vigilancia estricta del desarrollo de estos tumores en la mujer VIH positiva. Quedan muchas preguntas también sobre las interacciones entre los fármacos anti-VIH y las hormonas sexuales femeninas y el cuerpo durante el embarazo. Finalmente, una de las preguntas más básicas que queda por contestar es cómo incrementar el número de participantes femeninas en los estudios clínicos, para que las poblaciones en los estudios reflejen los acontecimientos actuales de la epidemia. Esta pregunta continuará presentando desafíos a los investigadores, particularmente mientras la incidencia del VIH en la mujer continúe aumentando drásticamente.
Sería trágico no seguir construyendo sobre los cimientos establecidos por WIHS y HERS.
Leslie Hanna es editora de BETA en inglés.
Christopher Gortner, MA, es el editor de BETA en español.
Revisado el 14 de mayo 2001|
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